5.5.07

Dime quién es más bonito

Fotografía de Ben Goossens "It's a real nowhere man"
Texto de Mario Roberto Morales

Uno de los argumentos más socorridos de la crítica feminista es el que atribuye al macho la construcción del ser femenino como proyección de su deseo sexual por la mujer. En otras palabras, el macho, al idealizar a la mujer, construye una imagen de sujeto femenino que no es más que la proyección de lo que él quisiera que la mujer fuera. Y lo que él quisiera que la mujer fuera es un mero objeto sexual, bonito y a la disposición. Bajo este criterio se juzgan los boleros, la música romántica, buena parte de la poesía de todas las épocas, el cine e incluso la ciencia (como "versión masculina" de la objetividad analítica), y se los condena por machistas.
Generalizando este criterio construccionista, quizás se pueda decir que el investigador en ciencias humanas y sociales crea su objeto de estudio al delimitarlo y explicarlo en relación a lo que le interesa, y por eso mismo lo crea como objeto de deseo también. Es decir, lo crea como realidad deseable por él. En este sentido, un intelectual que estudia al llamado sujeto subalterno en su especificidad etnocultural, proyecta sus deseos en el sujeto que construye, atribuyéndole -al hacerlo su objeto de estudio- rasgos de identidad que él mismo quisiera tener y que al no poder tenerlos los proyecta en el otro, tal como, según ciertos feminismos, lo hace el macho con la mujer.

El otro, entonces, puede ser visto como una configuración especular y narcisista del este, quien al estudiarlo lo construye como objeto deseable, atribuyéndole aquello de lo cual él o ella carece. El otro es, pues, una expresión del deseo del este. Y la identidad otra no es sino la expresión de cierta identidad contraria (por deseada) del este: su imagen imaginada, narcisista, fantasiosa. En suma, el otro es este. Sólo que es un este que no existe sino como su propia negación idealizada. Y así, al construir la identidad ajena como proyección del deseo de la propia, lo que hace el este es afirmar su propia identidad tal y como existe, con todas sus carencias, reales o imaginarias.

La cosa se complica cuando el espejo, es decir el otro, se da cuenta de que quien se mira en él desea ver una imagen de sí mismo distinta de la que el espejo le regresa, porque entonces el espejo comienza a complacerlo y, por tanto, a ofrecerle una imagen otra, acorde con los deseos del este, quien de esta manera postula que el otro existe como diferenciado de él, como lo totalmente opuesto a él, y así realiza su fantasía de imaginar un objeto de deseo tras el cual él (o ella) pueda lanzarse en una empresa heroica de complementariedad que puede ser académica, política, ideológica o sentimental. Es el caso de tanto científico social que se casa con su objeto de estudio en África, Asia o América Latina, y se lo lleva como trofeo para su casa en el Midwest, junto que toda suerte de artesanías vistosas, confeccionadas por las exóticas manos de los buenos salvajes entre los cuales el científico de marras se precia de haber vivido.

El otro, visto como objeto de deseo construido narcisistamente por el este, es una perspectiva que tiene implicaciones fundamentales para el estudio del multiculturalismo en el tercer mundo, porque desde el momento en que el otro se deja construir alegremente como distinto y acepta dejarse ver y oír, haciendo y diciendo lo que los estes de Europa y Estados Unidos quieren ver y oír, el análisis de la otredad se nos plantea como el estudio de su propio simulacro; un simulacro realizado por un sujeto mimético que personifica una ficción para que la vivan los angustiados estes, quienes de esa manera afianzan su incierta identidad ante la contraparte que la niega y a la vez la posibilita. Parafraseando a la bruja de Blancanieves, podríamos preguntarle a nuestro espejo: Oh, espejito, espejito, dime quién es más bonito... ¿Lo seré yo… o mi reflejito?

Pittsburgh, 25 de octubre de 1996.



Mario Roberto Morales
La Insignia. Guatemala, mayo del 2007.

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