24.8.07

No quedan asientos

Imagen de Ben Goossens "Refuge à la mer"
Texto de Groucho Marx
This Week (EEUU), 17 de noviembre de 1946.
Transcripción para
La Insignia: E.G.



No hace mucho tiempo, un periodista de Nueva York descubrió a una enana que había hecho de una cabina telefónica su morada. Sus comodidades consistían en una estufa marca Sterno, una silla plegable de playa, unas latas de frijoles y un ejemplar del Reader's Digest. "Lo considero un regalo caído del cielo -comentó la mujer-. Imagínese, no sólo tengo un lugar donde vivir sino algo todavía más difícil de conseguir: un teléfono propio".

Si la compañía telefónica no se opone a perder un par de millones de monedas de cinco centavos al año, esto quizá marque el comienzo de un nuevo estilo de vida.

Reflexionando, caigo en la cuenta de que en nuestro país probablemente haya más cabinas telefónicas que enanos, pero también creo que con un poco de práctica los más altos también pueden adecuarse a ese hábitat. Por supuesto, habría que dormir de pie, pero eso no es tan difícil, hasta los caballos lo hacen.

Existen infinidad de viviendas alternativas además de las cabinas de teléfonos. Un amigo mío ha encontrado su refugio en el reservorio municipal de gas. Cuenta con dos inconvenientes: toda la familia tiene que llevar máscaras de oxígeno y su mujer no lo deja fumar en casa. Pero al menos posee un techo que lo protege y que, por cierto, está a unos ochenta metros de altura.

Otro conocido mío tiene su apartamento de soltero en una mezcladora de cemento. Ni siquiera necesita despertador: cuando su apartamento comienza a girar por la mañana, mi amigo se despierta sin falta. No obstante sostiene que es difícil vestirse cuando la mezcladora ha cogido carrerilla.

¿Han considerado las ventajas de vivir en un establo? La mitad de la gente que conozco creció en un establo y hoy en día gana muchísimo dinero.

En California la gente tiene ideas más elaboradas acerca de la vivienda. Por ejemplo, de un tiempo a esta parte están comprando tranvías y convirtiéndolos en bungalós. Los últimos modelos ya vienen provistos de cocina americana, y un efectivo sistema de campanilla para llamar al mayordomo... si uno tiene un mayordomo, claro. Aunque yo, personalmente, prefiero una asistenta francesa. Sin embargo, creo que es mejor olvidar el tranvía inmóvil y establecerse en uno que todavía continúe en activo. Y usted me dirá que no conseguirá un asiento. Es lo que me figuraba: usted es una de esas personas que prefieren sentarse y holgazanear el resto de su vida. Mejor olvidémoslo. El secreto es llegar a la estación por la mañana temprano, y por cinco centavos -o siete si vive en Cleveland-, ya tendrá un sitio propio donde pasar el día. Comprendo que lo zamarrearán un poco, pero a cambio verá muchas caras nuevas y permítame añadir que muchas de ellas serán más bonitas que la suya.

Vivir en un tranvía tiene grandes ventajas. El paisaje cambia constantemente. Y si usted es demasiado tacaño para comprar el periódico, puede esperar a que otro pasajero tire el suyo. Si el tranvía recorre los barrios caros, hasta quizá pueda hacerse con una revista o dos. Y quién sabe, si usted es mujer, quizás en un par de años hasta se case con el conductor.

Otra vivienda posible es una jaula en el zoológico. No se lo recomiento a una pareja, ya que, francamente, una jaula no ofrece demasiada intimidad; pero para un muchacho soltero tiene la mar de posibilidades.

Su mejor opción tal vez sea la jaula de los monos. Quizá pueda quedarse allí para siempre, no creo que nadie notara la diferencia. Para no llamar la atención, le sugiero que se quite la ropa antes de entrar; pero su usted acaba de dejar el Ejército es bastante probable que ni siquiera haya podido comprársela.

Si dispone de una pluma que escriba bajo el agua, debería considerar alojarse en una piscina; imagínese, podría tomar un baño y contestar la correspondencia simultáneamente. En cualquier jardín trasero de Hollywood puede encontrar una. De fábrica ya vienen provistas de trampolín, flotadores múltiples para corregir guiones con sus amigos, y de tres señoritas en bañador que se parecen a Jane Rusell.

Ahora bien, si usted tiene la suerte de vivir fuera de California y no logra dar con una piscina, puede seguir el ejemplo del tipo aquel que vive en un aljibe. Indispensable: un par de botas de pescador y una buena provisión de zanahorias (para fortalecerle la vista y que pueda leer en la oscuridad). Mi amigo me asegura que no tiene problemas de transporte para ir a trabajar; coge el cubo de las ocho de la mañana y regresa a casa en el de las seis menos cuarto. Según él, la pega es que los vecinos se dejan caer a todas horas.

Si la cobardía no es uno de sus defectos, quizá pueda resolver su problema de vivienda y ocupar una casa embrujada. Los barrios pobres de nuestro país están plagados de excelentes casas embrujadas en las que nadie se atreve a entrar. Una pareja joven y sin hogar propio no dudará un segundo en irse a vivir con los padres de la chica, pero si se les sugiere una casa embrujada (opción mucho más segura en mi opinión), se ponen pálidos y farfullan excusas increíbles.

Si usted es miedoso, le recomiendo vivir en un árbol. Un árbol es un sitio adecuado a menos que usted sufra de sonambulismo. Además, desde la copa disfrutará de una vista maravillosa de los alrededores. Le sugeriría un árbol que dé frutos; a ser posible, un nogal. Las nueces contienen innumerables vitaminas y, además, después podrá utilizar las cáscaras como cenicero.

A estas alturas ya se habrá convencido de que la escasez de vivienda tiene solución. El principal problema es que nos hemos vuelto muy blandos e indulgentes con nosotros mismos; pensamos de manera equivocada y seguimos creyendo que un hombre sólo puede ser feliz en una casa.

¡Qué ridiculez! En las zonas rurales, los gallineros se están poniendo de moda. Los más elegantes vienen equipados con estufas de parafina, luces que funcionan veinticuatro horas al día y comederos. Y si usted colgara allí unos cuantos bordados de punto de cruz, le daría todavía más calor de hogar. Para evitar sospechas, le recomiendo quye comience a cacarear al amanecer, pero si el granjero es uno de esos tipos de gatillo fácil a los que les encanta ir por ahí disparando a todo lo que se mueva, será mejor que utilice toda su astucia y se comporte como un zorro. Preste atención a sus pasos, y si cree que el granjero se está acercando al gallinero, deje lo que esté haciendo, siéntese sobre un par de huevos y no se mueva hasta que se haya ido.

Hay innumerables sustitutos para las casas: los cobertizos prefabricados, los caños del desagüe, los sacos de dormir e incluso algunas casas de muñecas bastante grandes que he visto por ahí. Recuerdo una terrible experiencia en una de ellas: el padre de la muñeca me persiguió hasta la calle con un bate de béisbol.

Otras muchas personas viven en la platea alta de los cines. Las butacas son ideales para dormir y también lo son la mayoría de las películas. En el vestíbulo, usted se podrá proveer de palomitas, pastillas de menta, chocolatinas y cacahuetes. Y en los servicios encontrará agua fría, tazones y poesía.

En conclusión: "¡Arriba esos ánimos, Norteamérica! Recuerden que somos una nación industrial, y una casa no es más que lo que hacemos de ella".

Si tuviera tiempo, les podría enseñar muchas otras maneras de resolver el problema de la vivienda, pero tengo que salir a buscar una habitación amueblada. El gran danés en cuya caseta he estado viviendo hasta ahora, regresa hoy de Florida; así que me iré. Como siempre he dicho, ninguna casa es lo suficientemente grande para dos familias.

Texto encontrado en La Insignia.org

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