28.8.08

El rojo de las Flores (The blood of flowers)

Imagen: Portada del libro.
Texto: Sinopsis del libro.

Hoy os quiero presentar una bonita novela sobre el arte de las alfombras persas y la maravillosa Isfahán. Una novela llena de leyendas y tradiciones iranies que os acercara un poco más al país.

Sinopsis: Ventana abierta a un mundo tan lejano como desconocido, rica en fascinantes detalles sobre la vida cotidiana en la Persia del siglo XVII, esta novela cuenta la historia de una joven audaz y perseverante que logra transformar su vida gracias a su extraordinario don para confeccionar alfombras.

A los catorce años, tras la prematura muerte de su padre, la protagonista ve cómo sus posibilidades de matrimonio se desvanecen, lo que la obliga a marcharse del pueblo con su madre y trasladarse a la capital, Isfahán, donde un pariente lejano las acoge como sirvientas. Sin dote y condenada a depender de la caridad ajena, la joven huérfana no tendrá más remedio que aceptar un sigué, un contrato de matrimonio temporal, pero gracias a la ayuda de su tío, diseñador de alfombras en la corte del sah, tendrá ocasión de descubrir los secretos del antiguo arte de tejer alfombras, su tradición, el significado de sus dibujos y el origen vegetal de sus vibrantes colores.
* * *
"El rojo de las flores" narra una hermosa historia de aprendizaje y pérdida de la inocencia en un mundo evocado con meticulosidad, desde la vida de los ricos y los pobres a la suntuosidad de la arquitectura, desde el bullicio de los bazares a la confección de las alfombras, cuya belleza incomparable mantiene viva hasta hoy la fama de Isfahán.

Anita Amirrezvani nació en Teherán, Irán, en 1961 y se educó en Estados Unidos. Durante diez años ha trabajado como periodista y ha viajado con regularidad a Irán, donde permanece parte de su familia. Amirrezvani vive en San Francisco, California. El rojo de las flores, su primera novela, se ha traducido a catorce idiomas.


Ediciones Salamandra 384 pgs ISBN: 978-84-9838-150-4

19.8.08

En recuerdo de Mahmud Darwix

Imagen de K4os en Flickr.com "Estrechamiento extremo de calzada"
Poema de Mahmud Darwix en "Estado de Sitio" libro publicado en Cátedra, Madrid, 2002



ESTADO DE SITIO

Aquí, en la falda de las colinas, ante el ocaso
y las fauces del tiempo,
junto a huertos de sombras arrancadas,
hacemos lo que hacen los prisioneros,
lo que hacen los desempleados:
alimentamos la esperanza.

Un país preparado para el alba.
Nuestra obsesión por la victoria
nos ha entontecido:
no hay noche en nuestra noche que con la artillería refulge;
el enemigo vela,
el enemigo nos alumbra
en el sótano oscuro.

[...]

Aquí, en los altos del humo, en la escalera de casa,
no hay tiempo para el tiempo,
hacemos lo que hace quien se eleva hacia Dios:
olvidamos el dolor.

El dolor:
que la señora de la casa no tienda la colada
por la mañana, que se conforme con lavar esta bandera.

Nada de ecos homéricos aquí.
Los mitos llaman a la puerta cuando los necesitamos.
Nada de ecos homéricos...
Aquí un general excava un Estado dormido
bajo las ruinas de una Troya inminente.

Los soldados calculan la distancia entre el ser
y la nada
con la mirilla del tanque.

Calculamos la distancia entre el propio cuerpo
y las bombas... con un sexto sentido.

Vosotros, los apostados en el umbral, pasad,
tomaos con nosotros un café árabe
—acaso os sintáis seres humanos como nosotros—.
Vosotros, los apostados en el umbral de las casas,
largaos de nuestras mañanas,
necesitamos creernos
seres humanos como vosotros.

[...]

Olimpiadas


Imagen en flickr por Musa Disoccupata "Dammi una mano"

Texto de Eduardo Galeano en juventudrebelde.cu


A los griegos les encantaba matarse entre sí, pero además de la guerra practicaban otros deportes.
Competían en la ciudad de Olimpia, mientras las olimpiadas ocurrían, los griegos olvidaban la guerra por un rato.

Todos desnudos: los corredores, los atletas que arrojaban la jabalina y el disco, los que saltaban, boxeaban, luchaban, galopaban o competían cantando. Ninguno llevaba zapatillas de marca, ni camisetas de moda, ni nada que no fuera la propia piel brillosa de ungüentos.

Los campeones no recibían medallas. Ganaban una corona de laurel, unas cuantas tinajas de aceite de oliva, el derecho a comer gratis durante toda la vida y el respeto y la admiración de sus vecinos.

El primer campeón, un tal Korebus, se ganaba la vida trabajando de cocinero, y a eso siguió dedicándose. En la olimpiada inaugural, él corrió más que todos sus rivales y más que los temibles vientos del norte.

Las olimpiadas eran ceremonias de identidad compartida. Haciendo deporte, esos cuerpos decían, sin palabras: Nos odiamos, nos peleamos, pero todos somos griegos. Y así fue durante mil años, hasta que el cristianismo triunfante prohibió estas paganas desnudeces que ofendían al Señor.

En las olimpiadas griegas nunca participaron las mujeres, los esclavos ni los extranjeros.

En la democracia griega, tampoco.