31.8.10

Una mañana de domingo


Instantanea de L_Y_R "Madre e hijo"

Resulta entretenido ver como corren las hormigas de aquí para allá con su afanosa tarea y siempre con prisa. Son las 10 de la mañana de un domingo de finales de agosto. Estoy sentada en una grada de cemento cara al sol y pendiente de una hormiguita que lleva sobre sus “costillas” un pedacito de pan tres veces mayor que ella. No queda mucho para el comienzo del partido y ya estoy achicharrada. Mi pensamiento se desliza entre la hormiga y la sombra que dan unos frondosos árboles que están al fondo del campo, justo detrás de una de las porterías: --si voy allí, me perderé lo mejor del partido.

Suena el móvil y casi usando el sonido de la llamada como silbato, comienza el partido. Hablo con el manos-libres y mientras me recojo el pelo en un moño sin perder detalle del partido. Pitan una falta, se saca y el partido sigue. Las mañanas de domingo son anodinas, el partido también. Hoy no estás especialmente colaborador, se te nota cansado, bajo de forma. Los principios de temporada siempre son duros hasta que coges forma. Hoy te han puesto de medio junto a otro que no hace nada y te toca correr más de la cuenta, no creo que aguantes la segunda parte. El cemento sobre el que me siento comienza a parecerme más que duro y el sol está haciendo también de las suyas. Pero tú me miras de reojo, te aseguras que estoy sentada viendo el partido y veo tu media sonrisa; y esa mirada me refresca. Me hace sentir bien.

Esta mañana podría haber resultado ser una mañana de domingo de esas que finalizan sin pena ni gloria y de las que no queda absolutamente nada en la memoria, salvo la mala sensación de ser demasiadas mañanas de domingo anodinas. Pero ayer tuve la feliz idea de acompañarte hoy al partido y de resultas de esa decisión esta mañana ha sido diferente, solo por ello esta mañana ha resultado ser una maravillosa mañana de agosto llena de satisfacciones y de la seguridad de que formará parte de esos momentos mágicos que una tiene en la vida y que por supuesto no se olvidan. El protagonismo de esta historia no lo tiene la hormiga, pobrecita; el protagonismo se lo dejo todo a un partido amistoso de fútbol, malo, muy malo y aburrido, terriblemente aburrido. Un partidillo de pre-temporada al que he asistido como única espectadora. Ahora, cinco minutos después de la finalización de la primera parte, conozco el significado de esa mirada mientras jugabas y lo sé, no por intuición femenina, si no porque me lo has dicho tú: te hace ilusión que te acompañe, te gusta que vea el partido. Charlamos un rato en el descanso. Mientras tomas agua, me preguntas cosas sobre el juego, me comentas algo de tus compañeros, de los contrarios, me haces sentir una contigo y me encanta cómo me miras, cómo me hablas y cómo esperas a que te diga lo que pienso. Terminas el agua y corres al banquillo, crees que en la segunda parte no jugarás y pasados diez minutos entras de nuevo al campo aunque de extremo. Se te ve más suelto, mejor, más cómodo y tranquilo.

En el coche, camino de casa, me repites que te gusta saber mi opinión sobre el partido, sobre cómo has jugado y eso hace que me sienta bien, tontamente feliz, casi completa. Esas son las pequeñas cosas que hacen que la enorme miga de pan que soporta una madre sobre sus costillas sea mucho más ligera, infinitamente más ligera.

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