1.11.10

Intervenir

Instantánea de Calafellvalo "Teléfono público"
Hacia las cinco y veinte de la tarde, un hombre bajo, de pelo corto y jersey marrón, empuja una de las puertas de cristal y camina hacia la barra. Su cara dice que no es de aquí, que es de campo y buena gente; su voz, a punto de sonar, añadirá que lleva poco tiempo en la ciudad y que proviene de un lugar donde nuestro pasado es el presente de otros. Nada relevante, salvo por la pregunta que dirige a la camarera: «¿Tienen teléfono público?»

Sólo dos clientes han seguido con lo que estaban haciendo: las dos «yoyoyo ay yoyoyo» que siempre piden un té y un café con leche, aunque la menos pija de las dos, la del café, empezó a incluir otros pronombres al principio de la crisis. Los demás se han vuelto hacia el recién llegado con el mismo asombro. Un teléfono público. En un bar. Vale, todavía queda algún bar con teléfono, pero tan público y tan de pago como las cabinas. ¿Quién entra en un bar a pedir un teléfono? A la respuesta de la camarera, «no, no tenemos», se ha opuesto un «¿dónde podría llamar?» que ha sido la gota que colma el vaso.

Durante los segundos posteriores, silencio de la camarera, silencio de los clientes, «yoyoyo ay yoyoyo» de los dos cachosdecarne, el hombre del jersey marrón ha dado las gracias y ha vuelto sobre sus pasos sin respuesta. Ya estaba en la calle cuando un cliente se ha tomado la molestia de alcanzarlo y prestarle atención. Al parecer, había llegado a Madrid por la mañana; sus hijos se habían marchado a trabajar, él había salido a dar un paseo y etcétera etcétera hasta el momento del teléfono, porque en su país, o al menos en su pueblo, los bares tienen teléfonos públicos.

Quince minutos después, el mismo hombre que acompaña a una cabina al hombre del jersey marrón, se dispone a comprar un paquete de tabaco. Tras responder «fumo negro» a la chica que hace promociones de rubio, se pone a la cola y espera. El primer cliente, un chaval, paga lo que tenga que pagar y pregunta por una tienda que se encuentra a veinte metros de distancia, en la misma acera, en una calle tan concurrida y de paso tan obligado que hasta el turista de estancia más breve sabría darle indicaciones. «No me suena», gruñe el primer dependiente. «Pero me han dicho... », insiste el chaval. «Aquí no es», lo interrumpe el segundo, sin mirarlo.

Este tipo de escenas empiezan a ser habituales. A veces tienen excusa: la perplejidad de la clientela ante un viejo que quería un teléfono; a veces, la mayoría, ocultan una enfermedad social. El hombre del final de la cola ha levantado la voz y ha explicado dónde estaba la tienda. No ha sido un gran esfuerzo; abrir la boca, intervenir, echar una mano en lo que no cuesta nada. Y sólo entonces, cuando ya estaba dicho, los dependientes han recobrado la memoria, la amabilidad y hasta la vista y el resto se ha sumado a las explicaciones. Será que están dormidos. O algo peor.

Fuencarral, siete de la tarde. — Jesús Gómez Gutiérrez en Malasaña en pruebas


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