5.9.06

La ONU, contra Irán


Imagen de Saturnino Espin "El lider"
Texto de Alberto Piris* en estrelladigital.es
Cuando alguien que ha mostrado ser inteligente, que posee amplia experiencia diplomática y está bien preparado en cuestiones internacionales, como es el embajador Máximo Cajal, se ve obligado a precisar que ciertas declaraciones suyas sólo expresan opiniones personales y no comprometen al Gobierno de España —y, más en concreto, a su ministro de Asuntos Exteriores—, el lector puede sospechar que tales declaraciones contienen afirmaciones bien fundadas, sobre las que habitualmente pasan de puntillas muchos dirigentes políticos y los medios de comunicación que fielmente les apoyan y que, por tanto, contradicen en buena medida las versiones oficiales al respecto.
Veamos de qué declaraciones se trata. Ante los micrófonos de Radio Nacional de España, con motivo de su participación en una universidad de verano y en relación con el conflicto internacional creado por la voluntad del Gobierno iraní de disponer de los medios necesarios para el enriquecimiento de uranio, el diplomático citado dijo: “No hay que perder de vista que a Irán, como a cualquier país de la zona... ¿por qué se le va a negar el derecho a tener, incluso me atrevería a decir (sic), armamento nuclear, cuando está rodeado de países que lo tienen?”. En ABC.es (24/08/06) se leía que esa opinión, según el propio Cajal, “quizás no guste desde el punto de vista de la geopolítica occidental”, y que la presión internacional aplicada contra Irán “choca con la realidad de la India, de Pakistán, de Israel...”, países del mismo círculo geopolítico que sí poseen armas nucleares. Pero donde Cajal puso el dedo en la llaga fue al afirmar que la invasión y ocupación de Iraq “ha provocado un vacío en la zona que ha ocupado, sin mayor problema, Irán, con la presencia chií en la región”. ¡Ahí es nada: atribuir públicamente a un error estratégico de EEUU el creciente y preocupante peso político de Irán junto a la mayor reserva de hidrocarburos del mundo!
Pero no es sólo Cajal quien con claridad y sin contemplaciones analiza la cuestión que ahora complica más la política exterior de EEUU y sus países satélites. Desde Nueva Delhi, un profesor de estudios estratégicos del Center for Policy Research escribió el miércoles pasado: “Nada muestra mejor cómo los esfuerzos mundiales para frenar la proliferación nuclear están a expensas de la política internacional, como las distintas reacciones del Consejo de Seguridad de la ONU ante los dos últimos casos. Irán ha sufrido un ‘diktat’ excesivamente severo mientras Pakistán ha sido tratado con excepcional indulgencia, a pesar del descubrimiento de un gran mercado negro nuclear, a cargo de científicos y funcionarios civiles y militares de este país”.
El frecuente y nefasto uso por la ONU de dos pesos y dos medidas se percibe al saber que el Consejo de Seguridad, al aprobar la resolución contra Irán que ha entrado en vigor el 1 de septiembre, carecía de pruebas concretas y se basaba sólo en conjeturas y sospechas —por razonables que fuesen—, mientras que el Gobierno de Pakistán ha admitido que la mafia nuclear allí descubierta había estado transfiriendo durante 16 años información secreta (equipos de enriquecimiento de uranio y proyectos para construir armas) a Irán, Libia y Corea del Norte. Se da así la paradoja de que el país exportador —Pakistán, socio y aliado de Bush en su neurótica guerra universal contra el terrorismo— evita la condena internacional, mientras que el importador —Irán— sufre de pleno sus efectos.
Nada de esto pretende quitar importancia al hecho de que Irán aspire a poseer armas nucleares, agravado porque su programa se descubrió por la delación de un disidente en el 2002. Pero nadie puede reprochar a Irán el secretismo de sus planes, cuando esto ha sido práctica común, no sólo en Israel, sino también en otras potencias occidentales, como Francia. A fuerza de escucharlo hasta la saciedad, empieza a parecer como si las armas nucleares de unos —los buenos— no son dañinas y las de otros —los malos— sí lo son. Convendría recordar la opinión de los ciudadanos japoneses que sufrieron sus efectos en guerra.
La peor consecuencia de la escasa imparcialidad de la ONU, al poner en la picota a Irán, es la de reforzar el apoyo interno al régimen de Teherán y, en el peor de los casos, provocar su salida del Tratado de no proliferación nuclear. Bueno es recordar, en nuestra reciente historia, cómo la condena por la ONU del régimen de Franco en 1946 aumentó el apoyo —aunque sólo fuera propagandístico— de la población a la anterior dictadura.
Poco le costaría a Ahmadineyad adaptar a sus actuales circunstancias políticas el discurso que pronunció Franco en tal ocasión, uno de cuyos fragmentos recogía así la prensa española del 9 de diciembre de dicho año: “La situación del mundo y sus vergüenzas llenan una vez más de contenido a nuestra gloriosa Cruzada. Hay que pensar lo que hubiera sido sin ella en estos tiempos calamitosos de Europa. Unamos a la gran fuerza de nuestra razón la fortaleza de nuestra unidad. Con ellas y la protección de Dios (ensordecedora ovación interrumpe a S.E. y gritos impresionantes de ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!), nada ni nadie podrá malograr nuestra victoria (nueva y clamorosa salva de aplausos)…”. ¿Nada saben de esto en la ONU? ¿Están tan ocupados con los errores y las dudas del presente que olvidan los del pasado?

* General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)

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