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29 enero 2011

Cómplices

"El grito" de Edvard Munch
No poner fin a lo que tiene remedio y denunciar las cosas con un simple murmullo nos hace cómplices de nuestra miseria.
                                    “Saramago, el pesimista utópico”, Turia, Teruel, nº 57, 2001

24 octubre 2010

De manos y pies atados

Edvard Munch, El grito, 1893, Galería Nacional de Oslo.
Si el miedo, la apatía y la resignación van a ser las constantes de este inmenso rebaño de la especie humana, la democracia no tiene ningún instrumento para controlar los abusos del implacable poder económico y financiero, que comete crímenes horribles. Si no hay instrumentos, ¿cómo se puede seguir llamando democracia? Es una democracia de manos y pies atados.
“El paso del gran pesimista”, Semanario Universidad, San José de Costa Rica, 30 de junio de 2005
José Saramago en sus palabras

10 septiembre 2010

Cada vez más solos

Imagen de El Felix "Relojes en la oscuridad"

Creo que todos nosotros debemos repensar lo que estamos haciendo. Bien está que nos divirtamos, que vayamos a la playa, a la fiesta, al fútbol, que esta vida son dos dias, y quién venga detrás que cierre la puerta. Pero si no nos decidimos a mirar el mundo gravemente, con ojos severos y evaluadores, lo más seguro es que nos quede un día solo por vivir, lo más cierto es que dejaremos la puerta abierta a un vacío infinito de muerte, oscuridad y fracaso.

Texto de Saramago de "De este mundo y del otro", Editorial Ronsel, 1997, p. 186



22 junio 2010

Momentos perfectos

Fotografía de Ángel Moreno "Alas"

Hay momentos así en la vida: se descubre inesperadamente que la perfección existe, que es también ella que viaja en el tiempo, vacía, transparente, luminosa y que a veces (raras veces) viene en nuestra dirección, nos rodea durante breves instantes y continúa hacia otros parajes y otras gentes.

José Saramago de Manual de pintura y caligrafía, Alfaguara, p. 252

19 junio 2010

En memoria de un hombre tranquilo


Apuntan las primeras luces del alba. Entro a casa por el jardín para saludarte y sentarme a tu lado, y para despedirme de ti. Qué amargo se me hace pensarte silencioso y lejano. No puedo imaginar un mundo sin tu visión de las cosas. Sin tus palabras. Sin tu compañía. Sin tu mirada. Sin tu cercanía. Se acaba el eco de tus pensamientos y parece que nos hemos quedado todos sin voz. No puedo hablar, casi ni respirar. Cada día que pasa me resulta más difícil y complicado mantener las manos llenas de todas las cosas que me importan y justo ahora tú te vas.
Recuerdo que me falta tu último libro. No se si seré capaz siquiera de mirarlo en los próximos mil años.Cajas con tus pensamientos. Tus últims pensamientos.
Hay un rincón para tí, pequeño pero muy acompañado. Aún está lleno de lágrimas, pero sé que a ti no te importará, conoces bien de qué está hecho el dolor. Aquí sentada te miro, siento la tierra húmeda y fría, miro alrededor y me sorprende lo mucho que cabe en el jardín. Tendré que venir más a menudo. Sortear todas las sombras, dejar de lado las herramientas y el diario vivir; y venir a leerte, como haces, hacías tu. Te presentaría a todos… pero ya habrá tiempo, mucho tiempo, primero déjame que me acostumbre a tenerte aquí dentro y no entre mis manos. Guardián de corduras, haré con mi locura y tus palabras una pira para que su humo inunde de sentido común a dios y éste me ayude a gritarle al mundo entero que ya no estás.

Y ahora, quién…?

12 septiembre 2006

Piedras

Texto de José Saramago
Hay quien se pasa la vida entera leyendo sin conseguir nunca ir más allá de la lectura, se quedan pegados a la página, no entienden que las palabras son sólo piedras puestas atravesando la corriente de un río, si están allí es para que podamos llegar a la otra margen, la otra margen es lo que
importa.

24 junio 2006

Carta abierta a José Saramago

Hay un cristal. A un lado el escritor, que también es lector. Al otro, el lector que, a ratos, escribe. A través del cristal el lector puede ver lo que, del escritor, sus obras van permitiendo. En algunas, el escritor deja la huella, firme, consciente, es lo deseado, de su paso por un camino, aquél que haya elegido, éste que sigue.
Las huellas que va dejando dicen mucho, más de lo que se pueda a ver con una simple mirada, no, no nos quedemos con eso solamente, tampoco aquí.
La huella nos cuenta si los pasos son firmes, si la marcha es constante, o si es un andar cansino, como quién está al final del camino. Algunas son ingenuas, otras ya ni se ven, de andar por caminos ya gastados de tanto ser recorridos. Otras, con esperanza, nos mostrarán un andar de quien acaba de comenzar un largo camino.
De vez en cuando se encuentra de entre todas las huellas una diferente, que se aventura por lugares sin explorar, una huella que al menos se sale del grupo, que sí, que algo más debe de haber por ahí. Éste es el caso. El lector, poco amigo de ídolos, enemigo de adoraciones, sigue los pasos del caminante con la vista, con admiración, esperando, tras cada paso, que el camino andado le siga sorprendiendo, enseñando, confirmando, o poniendo en duda, provocando... Tras cada curva del camino, desde la cima de cualquier colina en las que, juntos lector y escritor, paren para descansar, para echar la vista atrás y ver el paisaje del camino recorrido, desde ahí, por respeto al escritor y a sí mismo, se pregunta, a donde va éste, a donde vamos, hoy le sigo, hoy no le sigo, tu camino me sigue fascinando…
El cristal puede, y debe ser transparente en las dos direcciones. No es cuestión de que el caminante se limite a mostrar sus obras, que son sus ideas, sino que además impida, en la medida de lo posible, que la comunicación entre ambos quede sesgada, que alguien que tanto dice, tanto querrá oír, suponiendo, que todo lo dicho, todo, esté lejos de ser un dogma, desde luego no es el caso.
El lector pasa horas mirando por el cristal, llevándoselo aquí y allá, asomándose, dedicando los tiempos que nos quedan a las ideas y paisajes mostrados. El camino, al seguirlo, nos mostrará selvas donde las ideas crecen sin ningún orden, o viejas plantaciones, donde las ideas, desde hace siglos, crecen en hileras perfectas.
Pero el camino termina, sin llegar al final, será porque no hay final, debe ser, aunque a tantos cueste entenderlo, que no vamos a ningún sitio, y que si lo hacemos, que no pararemos, que seguiremos avanzando…
Ante el paisaje, siempre a través del cristal, me paro, respiro, y vuelvo la vista atrás, intento no pasar de largo, el camino está trazado, sí, pero los paisajes los podemos elegir…

Desde el otro lado del cristal