Hay un cristal. A un lado el escritor, que también es lector. Al otro, el lector que, a ratos, escribe. A través del cristal el lector puede ver lo que, del escritor, sus obras van permitiendo. En algunas, el escritor deja la huella, firme, consciente, es lo deseado, de su paso por un camino, aquél que haya elegido, éste que sigue.
Las huellas que va dejando dicen mucho, más de lo que se pueda a ver con una simple mirada, no, no nos quedemos con eso solamente, tampoco aquí.
La huella nos cuenta si los pasos son firmes, si la marcha es constante, o si es un andar cansino, como quién está al final del camino. Algunas son ingenuas, otras ya ni se ven, de andar por caminos ya gastados de tanto ser recorridos. Otras, con esperanza, nos mostrarán un andar de quien acaba de comenzar un largo camino.
De vez en cuando se encuentra de entre todas las huellas una diferente, que se aventura por lugares sin explorar, una huella que al menos se sale del grupo, que sí, que algo más debe de haber por ahí. Éste es el caso. El lector, poco amigo de ídolos, enemigo de adoraciones, sigue los pasos del caminante con la vista, con admiración, esperando, tras cada paso, que el camino andado le siga sorprendiendo, enseñando, confirmando, o poniendo en duda, provocando... Tras cada curva del camino, desde la cima de cualquier colina en las que, juntos lector y escritor, paren para descansar, para echar la vista atrás y ver el paisaje del camino recorrido, desde ahí, por respeto al escritor y a sí mismo, se pregunta, a donde va éste, a donde vamos, hoy le sigo, hoy no le sigo, tu camino me sigue fascinando…
El cristal puede, y debe ser transparente en las dos direcciones. No es cuestión de que el caminante se limite a mostrar sus obras, que son sus ideas, sino que además impida, en la medida de lo posible, que la comunicación entre ambos quede sesgada, que alguien que tanto dice, tanto querrá oír, suponiendo, que todo lo dicho, todo, esté lejos de ser un dogma, desde luego no es el caso.
El lector pasa horas mirando por el cristal, llevándoselo aquí y allá, asomándose, dedicando los tiempos que nos quedan a las ideas y paisajes mostrados. El camino, al seguirlo, nos mostrará selvas donde las ideas crecen sin ningún orden, o viejas plantaciones, donde las ideas, desde hace siglos, crecen en hileras perfectas.
Pero el camino termina, sin llegar al final, será porque no hay final, debe ser, aunque a tantos cueste entenderlo, que no vamos a ningún sitio, y que si lo hacemos, que no pararemos, que seguiremos avanzando…
Ante el paisaje, siempre a través del cristal, me paro, respiro, y vuelvo la vista atrás, intento no pasar de largo, el camino está trazado, sí, pero los paisajes los podemos elegir…
Desde el otro lado del cristal