He aprendido a celebrar tu recuerdo, sin tristezas, sin llanto... con un poco de melancolía, sí, pero con el corazón lleno de tus sonrisas.
Todos los días me vienen a la cabeza momentos estupendos que pasamos juntos y cada vez con mayor frecuencia te recuerdo en los días especiales como el de hace unos días, con una sonrisa. Me acompañas siempre, llenando tu ausencia con tu cariño y con los miles de momentos parecidos que viví junto a ti. Hoy te recuerdo y te hablo especialmente porque ya queda poco para el aniversario de tu, no tan lejano, adiós y aunque me sigue doliendo terriblemente tu muerte y tu sufrimiento, sé que en el camino solo me acompañará tu sonrisa y mi amor por ti. TQM.
Dejé pasar el tiempo. El invierno quedó atrás y hoy camino, después de todo, hacia el jardín, entre los pequeños dragos. Tanto tiempo no es nada, apenas un rato y sin querer me encuentro sentada debajo del árbol mayor, mirándote, queriendo recordar aquellos años, imaginando cómo será ir de tu mano otra vez.
Estás hermoso. Has crecido mucho y tus raíces parecen fuertes. Siempre fuiste fuerte a pesar de ti.
¿Recuerdas tu primera vez en el jardín? Fue hace mucho... Quince años hace que llegaste y apenas representan un segundo cuando te siento cerca.
Te miro y veo la primavera en ti. La fuerza de la vida y su lucha. En mí entró hace apenas unos días y aún me acomodo a su calor y a su luz. Veo que a ti te ha sentado bien. Estás radiante.
Me cuesta mirarte sin sonreír. Son tantos recuerdos! Hace tanto tiempo...! Y sin embargo aquí estoy sintiendo lo mismo que aquel día, que aquellos años, de la misma forma y con la misma intensidad. Aún no has florecido y ya siento tu olor dentro de mí. Siempre fuiste hermoso y ahora, con el paso del tiempo, más. Las cicatrices de la vida en el jardín no hicieron mella en tus ramas. El tiempo te amó, y yo, ahora lo sé, también.
En aquella preciosa y soleada mañana de noviembre se sentía pequeña y triste. Estaba allí sentada con los pies apenas rozando el suelo, meciéndolos en la silla como pescaditos al sol. Miraba hipnotizada las moléculas de polvo nadando entre sus piernas. Dejaba pasar el tiempo esperando, como cada día, que la casa se llenara de voces y de prisas. No podía pensar. Ya queda poco para la hora de la comida, apenas nada para dejar de respirar y pasar a ser alguien. En nada comenzará a sonreír.
Mañanas vacías, sin sentido ni horizonte. Rutina llena de mermelada.
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"El ser humano no ha nacido para que lo rompan."Eric Fromm
El viento avanza suavemente sobre el valle. Acaricia cada uno de mis sentidos llenando de música y movimiento todo lo que me rodea; cruzando, impávido, los campos de cerezos; meciendo, con su aliento, delicadamente las flores. --Sé que estás a mi lado. Sé que me hablas--. El viento pasa, sin mirar atrás, da la vuelta a aquella colina y antes de ponerse a jugar con los árboles deja caer sobre mí, en forma de rocío, el dulce perfume de las flores.
Ya pasaron los días de hablar ahora necesito silencio… y soledad.
Fotografía de Helena Blein "Cerezos Valle del Jerte"
Tenía que ser así, que yo ahora piense lo que pienso y mire al vacío como lo estoy haciendo. Que después de todo me sigas doliendo y que tus palabras continúen resonando en mis manos, pesadas y sin sentido.
Lo he meditado mucho y he llegado a la conclusión que no has existido, que jamás me tocaste y que nunca te amé.
Eres como la luz del atardecer en verano sobre el paisaje castellano. Suave y aterciopelada, abrazando el horizonte cubierto de trigales pesados y llenos. Así te siento. Allí te busco.
Misteriosa. Casi perfecta. Me inundas de una agradable sensación que extiende y engrandece todo lo que toca. Te veo en sus miradas, en la mirada de todos, en todos y cada uno de los colores del alma; unificadora de deseos, de sueños. Miraré siempre en tu dirección, sin apartar los ojos. Seguiré tu estela y amaré tus sombras. Buscaré tu caricia y tu consejo.
Apretada a mi pecho, entre suspiros, te guardo; allí donde la angustia aprieta el alma impidiéndome respirar; cerca de lo profundo, donde late la vida.
Los recuerdos se apartarán de mí. Quedaré sola y perdida entre miradas desconocidas e inquisidoras; pero se, si, lo se, que tu presencia me será siempre cercana y querida. Me acompañarás más allá del horizonte, al final del camino, allí donde -sin duda- todo comienza de nuevo.
Llorar no resulta tan sencillo cuando en el corazón ya no queda nada.
Despertarme todos los días
y saberte cerca
casi tocándome con la mano
defendiendo la sangre en el tiempo.
Eres tú como la seda, con todo,
esa parte de mi, igual a mi
que me acompaña melodiosamente,
y en tu mirada
reflejos de mi
y en tu sonrisa
mis labios
toda yo, como tú
dos iguales de la mano
desde el principio
al fin
Fíjate, estoy aquí sentada mirándote con atención, absorta en el movimiento de tus ramas, con la mente ocupada en un poema que he leído esta mañana, y sin más en la cabeza que esas palabras y el contoneo de tus hojas; y estoy bien. No hago nada, llevo rato sin hacer nada y no me angustio ni pienso que soy una inconsciente, ni siquiera sufro por las cosas que quedan por hacer. Ahora estoy a gusto aquí sentada viendo pasar el tiempo sobre tus hojas. El sol acude, como cada día, fiel a su cita y antes de que entre por la puerta, cierro los ojos para luego abrirlos y así sentir más su calor. Fíjate, ya amanece.
Mañana será otro día y las cosas pendientes seguirán en su sitio, sin moverse, esperándome, como si el tiempo no hubiera pasado.
***
“[...]
O puede sencillamente
que lo que eche de menos
sea un jardín que cuidar
que me saque de estas paredes
de carne y sangre
que me salve de este yo
que ya me cansa.”
Estrofa del poema “Que ya me cansa” de Ana Pérez Cañamares
incluido en el libro “Alfabeto de cicatrices. 2010
Cuadro "Jardín de las Delicias". El Bosco
Siento cómo se me van cerrando los ojos, cómo todo comienza a nublarse. No se si es sueño, cansancio, cordura o una mezcla de todo, pero las cosas dejan de tener el peso que tenían hace un minuto y la gravedad deja de ser importante.
Cierro los ojos y una sensación de alivio crece y crece, el silencio lo llena todo. Seguramente en un segundo me quedaré dormida...
Las agujas del reloj ya no suenan… la calle enmudeció de repente y los monstruos regresarán por fin a su escondite.
Cada hoja, cada palabra escondida dejan dicho con todo lujo de detalles aquello que sentía de niña, de joven, de mujer… día a día. Aquel triste verano cuando apenas tenía 12 años, y los siguientes. El desamor, el despertar a lo cotidiano, el miedo a sufrir y a no sentirse querida, el desengaño, las alegrías de la vida, las amistades, la soledad. Relatos en primera persona.
¿Cuándo decidió perdonar del olvido aquellos pensamientos?
No querer olvidar también es una forma de enfrentar y continuar la vida.
Dentro de una caja amortajados por un viejo pañuelo están todos y cada uno de aquellos cuadernos usados a modo de diario que le sirvieron de amigo, de cómplice, de confidente. Fotografías detalladas y móviles de instantes imposibles de olvidar. Momentos retratados al segundo que han moldeado su rostro y su forma de mirar.
Entre palabra y palabra toda una vida.
Aquel verano los pétalos llenaban mi mano, moviéndose y deslizándose entre los dedos hacia el suelo. Tú me diste la rosa pero ya no era una flor. Sentada sobre las losetas, mi mirada viajaba desde los barrotes de la terraza de aquel tercer piso hacia la calle por donde, tan solo unos instantes antes, habías pasado tú y ahora, ese trozo de calle, estaba vacío y lejano. Todo comenzó aquel verano.
Detrás de la fuente, en la zona más fría del jardín -la que da más al norte- viven dormidos bajo la tierra. Su ciclo anual comienza apenas el calor deja paso a los primeros fríos de septiembre y es entonces cuando recuerdan que hay otra forma de vivir. Sus hojas nacen directamente de la tierra y de su corazón crece un racimo de flores de color azul. Cuando el jardín comienza su letargo, la pequeña pradera de jacintos hace su esperada aparición llenando toda la casa con su aroma y una explosión de color inunda todo. Aquellos pequeños bulbos que plantamos nos anuncian el cambio de año, el final.
--Caminos oscuros, llenos de árboles antiguos y bosques espesos, y aquellos con sinuosos y hermosos recovecos en donde se detienen los rayos de luz para formar, en sus contrastes, hermosas sombras e ilusiones nunca vistas -aunque sí soñadas- y donde no alcanzas a ver lo andado ni lo que queda por andar. Si, hay que adentrarse y caminar por ellos siendo consciente de cada paso para disfrutar de sus diferentes visiones pero cuídate de no sufrir. Y, si aún así, te toca sufrir ten siempre presente -mientras lloras- que todos los caminos, tarde o temprano, terminan, aun sin quererlo; solo hay que seguir hasta el final.
Este final de año todo se ha roto. Las miradas, los últimos planes… la ilusión también. Finalizan los días y aquellos sonidos tan cercanos, ya no se escuchan. En el corazón hay silencio, amargura. Este final de año todo es diferente.
Dicen que no hay suficientes motivos para llorar y entonces… porqué lloramos? Nada hay suficientemente alegre en estos días de infinita tristeza: Una por los que se fueron, otra por los que pasaron sin apenas enterarnos, dos por todos y cada uno de los recuerdos que hicieron grande nuestra vida, otra por aquellos momentos que la hicieron casi perfecta y Tres por los anhelos maltrechos.
Este final es distinto. No se parece en nada a los venideros.
Detener la rutina y gritar: Una lágrima para tanto dolor sin sentido, dos para el alma, tres para limpiar las mentiras y una más para tener la suficiente sangre en la mirada para ver de frente tanta estupidez, tanta falsedad, tanto despilfarro, tanto papanatismo y no volverse loca.
Camino dando golpes al viento. Salgo de casa buscando todo tipo de ruido -ruido al peso- o cualquier movimiento para dejar de escucharme. Camino por estas calles -transitadas por desconocidos, por sombras fugaces, zigzagueantes y raudas por desaparecer- para no pensar en nada, para no escuchar mis pensamientos. Necesito todo Madrid junto a mí.
Son las doce de la mañana, siento el viento en la cara y la sensación de frío comienza a producir un efecto sedante y de letargo que agradezco. Me detengo en la plaza del Ángel para ver caer las hojas de los plátanos, doradas, marchitas, gráciles. Caen meciéndose despacio, sin prisa. Cae una, dos… El viento forma remolinos con ellas frente a los bancos que hay junto a la fuente y las lleva de un lugar a otro en una danza que pareciera ensayada. Una bolsa de plástico parece tener personalidad propia y se mueve por otro lado complacida dejándose llenar por el viento. En mi auricular suena la BSO de la película "Le Mepris" y con ella el viento y las hojas y los papeles y la bolsa de plástico bailan formando, junto a la luz de medio día, un hermoso y conmovedor espectáculo. Las hojas siguen cayendo despacio, llenando el suelo de la plaza. Caen de dos en dos, caen por todos lados en un baile sin fin…