20 mayo 2007

Manicomio

Fotografía de Anita Andrzejewska "Krakow"

Tiempos del miedo. Vive el mundo en estado de terror, y el terror se disfraza: dice ser obra de Saddam Hussein, un actor ya cansado de tanto trabajar de enemigo, o de Osama bin Laden, asustador profesional.

Pero el verdadero autor del pánico planetario se llama Mercado. Este señor no tiene nada que ver con el entrañable lugar del barrio donde uno acude en busca de frutas y verduras. Es un todopoderoso terrorista sin rostro, que está en todas partes, como Dios, y cree ser, como Dios, eterno. Sus numerosos intérpretes anuncian: "El Mercado está nervioso", y advierten: "No hay que irritar al Mercado".

Su frondoso prontuario criminal lo hace temible. Se ha pasado la vida robando comida, asesinando empleos, secuestrando países y fabricando guerras.

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Para vender sus guerras, el Mercado siembra miedo. Y el miedo crea clima. La televisión se ocupa de que las torres de Nueva York vuelvan a derrumbarse todos los días. ¿Qué quedó del pánico al ántrax? No sólo una investigación oficial, que poco o nada averiguó sobre aquellas cartas mortales: también quedó un espectacular aumento del presupuesto militar de Estados Unidos. Y la millonada que ese país destina a la industria de la muerte no es moco de pavo. Apenas un mes y medio de esos gastos bastaría para acabar con la miseria en el mundo, si no mienten los numeritos de las Naciones Unidas.

Cada vez que el Mercado da la orden, la luz roja de la alarma parpadea en el peligrosímetro, la máquina que convierte toda sospecha en evidencia. Las guerras preventivas matan por las dudas, no por las pruebas. Ahora le toca a Irak. Otra vez ese castigado país ha sido condenado. Los muertos sabrán comprender: Irak contiene la segunda reserva mundial de petróleo, que es justo lo que el Mercado anda precisando para asegurar combustible al despilfarro de la sociedad de consumo.


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Espejo, espejito: ¿quién es el más temido? Las potencias imperiales monopolizan, por derecho natural, las armas de destrucción masiva.

En tiempos de la conquista de América, mientras nacía eso que ahora llaman Mercado global, la viruela y la gripe mataron muchos más indígenas que la espada y el arcabuz. La exitosa invasión europea tuvo mucho que agradecer a las bacterias y los virus. Siglos después, esos aliados providenciales se convirtieron en armas de guerra, en manos de las grandes potencias. Un puñado de países monopoliza los arsenales biológicos. Hace un par de décadas, Estados Unidos permitió que Saddam Hussein lanzara bombas de epidemias contra los kurdos, cuando él era un mimado de Occidente y los kurdos tenían mala prensa, pero esas armas bacteriológicas habían sido hechas con cepas compradas a una empresa de Rockville, en Maryland.

En materia militar, como en todo lo demás, el Mercado predica la libertad, pero la competencia no le gusta ni un poquito. La oferta se concentra en manos de pocos, en nombre de la seguridad universal. Saddam Hussein mete mucho miedo. Tiembla el mundo. Tremenda amenaza: Irak podría volver a usar armas bacteriológicas y, mucho más grave todavía, alguna vez podría llegar a tener armas nucleares. La humanidad no puede permitir ese peligro, proclama el peligroso presidente del único país que ha usado armas nucleares para asesinar población civil. ¿Habrá sido Irak quien exterminó a los viejos, mujeres y niños de Hiroshima y Nagasaki?


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Paisaje del nuevo milenio:

gente que no sabe si mañana encontrará qué comer, o si se quedará sin techo, o cómo hará para sobrevivir si se enferma o sufre un accidente;

gente que no sabe si mañana perderá el empleo, o si será obligada a trabajar el doble a cambio de la mitad, o si su jubilación será devorada por los lobos de la bolsa o por los ratones de la inflación;

ciudadanos que no saben si mañana serán asaltados a la vuelta de la esquina, o si les desvalijarán la casa, o si algún desesperado les meterá un cuchillo en la barriga;

campesinos que no saben si mañana tendrán tierra que trabajar y pescadores que no saben si encontrarán ríos o mares no envenenados todavía;

personas y países que no saben cómo harán mañana para pagar sus deudas multiplicadas por la usura.

¿Serán obras de Al Qaeda estos terrores cotidianos?


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La economía comete atentados que no salen en los diarios: cada minuto mata de hambre a 12 niños. En la organización terrorista del mundo, que el poder militar custodia, hay mil millones de hambrientos crónicos y seiscientos millones de gordos.

Moneda fuerte, vida frágil: Ecuador y El Salvador han adoptado el dólar como moneda nacional, pero la población huye. Nunca esos países habían producido tanta pobreza y tantos emigrantes. La venta de carne humana al extranjero genera desarraigo, tristeza y divisas. Los ecuatorianos obligados a buscar trabajo en otra parte han enviado a su país, en el año 2001, una cantidad de dinero que supera la suma de las exportaciones de banano, camarón, atún, café y cacao.

También Uruguay y Argentina expulsan a sus hijos jóvenes. Los emigrantes, nietos de inmigrantes, dejan a sus espaldas familias destrozadas y memorias que duelen. "Doctor, me rompieron el alma": ¿en qué hospital se cura eso? En Argentina, un concurso de televisión ofrece, cada día, el premio más codiciado: un empleo. Las colas son larguísimas. El programa elige los candidatos, y el público vota. Consigue trabajo el que más lágrimas derrama y más lágrimas arranca. Sony Pictures está vendiendo la exitosa fórmula en todo el mundo.

¿Qué empleo? El que venga. ¿Por cuánto? Por lo que sea y como sea. La desesperación de los que buscan trabajo, y la angustia de los que temen perderlo, obligan a aceptar lo inaceptable. En todo el mundo se impone "el modelo Wal-Mart". La empresa número uno de Estados Unidos prohíbe los sindicatos y estira los horarios sin pagar horas extra. El Mercado exporta su lucrativo ejemplo. Cuanto más dolidos están los países, más fácil resulta convertir el derecho laboral en papel mojado.

Y más fácil resulta, también, sacrificar otros derechos. Los papás del caos venden el orden. La pobreza y la desocupación multiplican la delincuencia, que difunde el pánico, y en ese caldo de cultivo florece lo peor. Los militares argentinos, que mucho saben de crímenes, están siendo invitados a combatir el crimen: que vengan a salvarnos de la delincuencia, clama a gritos Carlos Menem, un funcionario del Mercado que de delincuencia sabe mucho porque la ejerció como nadie cuando fue presidente.


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Costos bajísimos, ganancias mil, controles cero: un barco petrolero se parte por la mitad y la mortífera marea negra ataca las costas de Galicia y más allá.

El negocio más rentable del mundo genera fortunas y desastres "naturales". Los gases venenosos que el petróleo echa al aire son la causa principal del agujero del ozono, que ya tiene el tamaño de Estados Unidos, y de la locura del clima. En Etiopía y en otros países africanos, la sequía está condenando a millones de personas a la peor hambruna de los últimos veinte años, mientras Alemania y otros países europeos vienen de sufrir inundaciones que han sido la peor catástrofe del último medio siglo.

Además, el petróleo genera guerras. Pobre Irak.



Eduardo Galeano
Tomado de: Brecha, Montevideo, viernes 13 de diciembre de 2002.
La página de Eduardo Galeano.
patriagrande.net



El hombre absurdo

Fotomontaje de Saturnino Spin "One Photo"
Texto de Albert Camus "El hombre absurdo"


«Mi campo -dice Goethe- es el tiempo.» He aquí la palabra absurda. ¿Qué es, en efecto, el hombre absurdo? El que, sin negarlo, no hace nada por lo eterno. No es que le sea extraña la nostalgia, sino que prefiere a ella su valor y su razonamiento. El primero le enseña a vivir sin apelación y a contentarse con lo que tiene; el segundo, le enseña sus límites. Seguro de su libertad a plazo, de su rebelión sin porvenir y de su conciencia perecedera, prosigue su aventura en el tiempo de su vida. En él está su campo, en él está su acción, que sustrae a todo juicio excepto el suyo. Una vida más grande no puede significar para él otra vida. Eso sería deshonesto. Tampoco me refiero aquí a esa eternidad irrisoria que se llama posteridad. Madame Roland se remitía a ella. Esta imprudencia ha recibido su lección. La posteridad cita de buena gana esa frase, pero se olvida de juzgarla. Madame Roland es indiferente para la posteridad.

No se puede disertar sobre la moral. He visto a personas obrar mal con mucha moral y compruebo todos los días que la honradez no necesita reglas. El hombre absurdo no puede admitir sino una moral, la que no se separa de Dios, la que se dicta. Pero vive justamente fuera de ese Dios. En cuanto a las otras (e incluyo también al inmoralismo), el hombre absurdo no ve en ellas sino justificaciones, y no tiene nada que justificar. Parto aquí del principio de su inocencia.

Esta inocencia es temible. «Todo está permitido», exclama Iván Karamázov. También esto parece absurdo, pero con la condición de no entenderlo en el sentido vulgar. No sé si se ha advertido bien: no se trata de un grito de liberación y de alegría, sino de una comprobación amarga. La certidumbre de un Dios que diera su sentido a la vida supera mucho en atractivo al poder impune de hacer el mal. La elección no sería difícil. Pero no hay elección y entonces comienza la amargura. Lo absurdo no libera, ata. No autoriza todos los actos. Todo está permitido, no significa que nada esté prohibido. Lo absurdo da solamente su equivalencia a las consecuencias de esos actos. No recomienda el crimen, eso sería pueril, pero restituye al remordimiento su inutilidad. Del mismo modo, si todas las experiencias son indiferentes, la del deber es tan legítima como cualquier otra. Se puede ser virtuoso por capricho.

Todas las morales se fundan en la idea de que un acto tiene consecuencias que lo justifican o lo borran. Un espíritu empapado de absurdo juzga solamente que esas consecuencias deben ser consideradas con serenidad. Está dispuesto a pagar. Dicho de otro modo, si bien para él puede haber responsables, no hay culpables. Todo lo más consentirá en utilizar la experiencia pasada para fundamentar sus actos futuros. El tiempo hará vivir al tiempo y la vida servirá a la vida. En este campo a la vez limitado y atestado de posibilidades, todo le parece imprevisible en sí mismo y fuera de su lucidez. ¿Qué regla podría deducirse, por lo tanto, de este orden irrazonable? La única verdad que puede parecerle instructiva no es formal: se anima y se desarrolla en los hombres. No son, por consiguiente, reglas éticas las que el espíritu absurdo puede buscar al final de su razonamiento, sino ilustraciones y el soplo de las vidas humanas. Las imágenes que damos a continuación son de esa clase. Siguen el razonamiento absurdo dándole su actitud y su calor.

¿Necesito desarrollar la idea de que un ejemplo no es forzosamente un ejemplo que hay que seguir (menos todavía, si es posible en el mundo absurdo), y que estas ilustraciones no son, por lo tanto, modelos? Además de que es necesaria la vocación, resulta ridículo, salvadas las distancias, deducir de Rousseau que hay que caminar a cuatro patas y de Nietzsche que conviene maltratar a la propia madre. «Hay que ser absurdo -escribe un autor moderno-; no hay que ser iluso.» Las actitudes de que se va a tratar no pueden adquirir todo su sentido si no se tienen en cuenta sus contrarias. Un supernumerario de correos es igual a un conquistador si la conciencia les es común. Todas las experiencias son indiferentes a este respecto. Pueden servir o perjudicar al hombre. Le sirven si es consciente. Si no lo es, ello no tiene importancia: las derrotas de un hombre no juzgan a las circunstancias, sino a él mismo.

Elijo únicamente a hombres que sólo aspiran a agotarse, o que tengo conciencia por ellos de que se agotan. La cosa no pasa de ahí. Por el momento no quiero hablar sino de un mundo en el que los pensamientos, lo mismo que las vidas, carecen de porvenir. Todo lo que hace trabajar y agitarse al hombre utiliza la esperanza. El único pensamiento que no es mentiroso es, por lo tanto, un pensamiento estéril. En el mundo absurdo, el valor de una noción o de una vida se mide por su infecundidad.



Albert Camus
Leido en
lainsignia.com 16 de abril del 2007

18 mayo 2007

Bloqueados

Nuestras palabras en borrador...





No podemos hacer nada, solo pasear arriba y abajo por nuestra
calle y esperar...


Nos dará tiempo a mirarnos mientras nos miran.

Nos dará tiempo a pensar mientras piensan.


Llenaremos la calle, nuestra calle, de más flores y de más
colores, pintaremos las paredes con miles de palabras y llenaremos los portales
de susurros; y tras las ventanas luces y sombras rojas.
Ellos lo notarán.



VUELO SUBTERRÁNEO

Soy el objeto que soy
y a veces también soy otro y estoy lejos
sentado en agua y tierra
y en el eco de las lenguasardientes
Y duermo, sí, duermo la colosal aventura
de la palabra humana acuchillada y ebria
sangrante en el recuerdo de los muertos
que parecieran venir de adentro
y sollozaran al verme escribir sus nombres
Y ahora, cuando sale de mi boca
esa tonada de lluvia y sol mojado
me recuesto por todas partes y respiro cicatrices
y recojo las migajas que le sobran a mi alma
y tengo frío
y me despierto en medio de las rosas
sin entender quien vive o ama todavía
Por eso es que mi ombligo no tiene edad
y sigo esperando el día de los besos perdidos
aún cuando mis uñas no tienen ganas
y mi cabeza está más triste y oscura que nunca
aún cuando mis sueños son anónimos
y mis huesos ya no encuentran
el murmullo de los siglos
Y vuelvo a deletrear cenizas
y vuelvo a perseguir mi sombra
y a este árbol que agoniza entre mis dedos
lo enterraré conmigo
y volaremos en espiral
como los dientes de algún resorte
y moriremos juntos, sin ataúd
como las cuerdas de una guitarra olvidada
y moriremos por siempre y será un premio
un premio a nuestros pies y a nuestra médula
un premio a nuestra antología de vidrio
Y lloraremos gusanos y lloraremos ratas
y lloraremos hormigas sin fecha y gatos de luto
y lloraremos sonrisas en los ojos ajenos
y negros bosques
donde una flor se arrancará los cabellos
Porque este cielo aún no me conoce
aún no oye el acorde que llevo en los sesos
no me conoce, y soy el objeto que soy
y a veces también soy otro y estoy lejos
y me extiendo por muros y calles
y pueblo estrellas
y dejo la luna en la mesa, sin avisar
y me emborracho a la salud de nadie
y me despierto en medio de las cruces
con una vigilia de araña
y con un beso dedicado a cada muerto
y a cada muerto un abrazo y un latido de tumba
y a cada muerto un suspiro
un trozo de mi antiguo corazón
que se derrama como un río de gemidos



Poemas del libro inédito El Circo de Papel
por Mario Meléndez
Encontrado en
babab.com

13 mayo 2007

Solamente

Imagen de Alberto Conde "Door to serenity" en Photo.net
Poema de Alejandra Pizarnik "Solamente"

"ya comprendo la verdad
estalla en mis deseos

y mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios

ya comprendo la verdad
ahora
a buscar la vida"

Irán, Iraq y EEUU

Fotografía de ponente "Verdades Absolutas I" en es.f.log
Texto de Alberto Piris
Letra de Leonard Cohen "Anthem"


"Haz sonar las campanas que todavía emitan sonidos
Olvida tu ofrenda perfecta
Hay una grieta
Una grieta en todo
Así es cómo la luz entra
"

En el Golfo Pérsico se está concentrando estos días la mayor fuerza aeronaval nunca vista allí desde que se produjo la invasión de Iraq hace cuatro años. Está constituida por tres potentes grupos de portaaviones de EEUU (el “Nimitz”, el “Eisenhower” y el “Stennis”) y apoyada por otro portaaviones (el francés “Charles De Gaulle”). Con ellos despliegan numerosos cruceros, fragatas, submarinos y buques de apoyo, armados con los más potentes ingenios de la guerra moderna.

Que Irán está en el punto de mira de los cazabombarderos y misiles situados a tan pocas millas de sus costas es algo que no se puede ignorar en las actuales circunstancias. Tanto más, cuanto que simultáneamente se han venido desarrollando en Egipto unos encuentros internacionales sobre la pacificación de Iraq, a los que no es ajena la ostensible exigencia estadounidense de que Irán detenga su programa nuclear, so pena de sufrir graves consecuencias “sin descartar ninguna opción” (léase, el bombardeo).

La diplomacia apoyada por los cañones es una vieja estrategia de todas las potencias colonialistas en los dos últimos siglos. Es de sospechar que se está fraguando el desarrollo de un nuevo capítulo en esta vieja historia. Pero puesto que de Historia se trata, no viene mal recordar dos episodios que afectan directamente a los tres países más implicados en el actual conflicto: EEUU, Iraq e Irán.

El primero se produjo en mayo de 1987, ahora hace 20 años, cuando en las mismas aguas del Golfo Pérsico, una fragata estadounidense recibió el impacto de dos misiles, lo que causó un incendio y graves averías en la nave, así como la muerte de 37 miembros de la tripulación. El atacante fue un cazabombardero iraquí que confundió al buque con una unidad naval iraní. Recuérdese que por entonces transcurría el séptimo año de la guerra entre ambos países, guerra en la que el gobierno del presidente Reagan apoyaba a Sadam Husein contra el régimen de los ayatolás iraníes.

La reacción de los medios de comunicación de EEUU fue sorprendente: en vez de arremeter contra Iraq, el país causante del incidente, la prensa se volcó contra Irán, acumulando epítetos a cual más denigrantes. Reagan declaró: “De ningún modo les consideramos hostiles [a los iraquíes]. El malo de la película es Irán”. Miembros del Senado declararon que Irán era “un beligerante que carece de normas y de moral” y que “patrocina el terrorismo y el secuestro de aviones”. ¿No les recuerda esto a los lectores la retórica que atribuía a Iraq las culpas del 11-S?

Poco más de un año después se produjo el segundo incidente que merece la pena recordar. El “Vincennes”, un crucero lanzamisiles de EEUU, navegando en aguas territoriales iraníes, derribó un avión comercial de este país, produciendo la muerte de cerca de 300 personas. Sesenta y seis niños viajaban en el Airbus del vuelo Iran Air 655 aquel fatídico día, hacia una colonia de vacaciones a la que nunca llegaron.

El Pentágono se excusó manifestando que el crucero había tenido que “defenderse” porque sospechó que el piloto del avión de línea había mostrado la intención de atacar al buque de guerra o estrellarlo contra él. Según testimonios de otros buques estadounidenses, también desplegados en la zona, el avión comercial estaba en esos momentos ganando altura y dentro de los límites del pasillo aéreo habitualmente utilizado.

Pues, para pasmo del lector, sepa que cuando el “Vincennes” regresó a su puerto base en San Diego (California), recibió una bienvenida fervorosa y todos los miembros de la tripulación fueron condecorados como participantes en acciones de combate. Según narra Robert Fisk en su libro The Great War for Civilization: The Conquest of the Middle East, el oficial coordinador del combate aéreo del buque (el responsable de decidir cuándo y cómo atacar a los posibles objetivos aéreos) fue condecorado con la medalla de excelencia naval por “su heroico comportamiento y su capacidad para mantenerse sereno y responsable bajo el fuego enemigo”. Los ciudadanos de Vincennes (Indiana) recolectaron dinero para erigir un monumento en el pueblo que da nombre al buque, no a la memoria de los iraníes inocentes muertos en el incidente, sino del buque cuyos disparos los aniquilaron.

Con estos antecedentes de un pasado inmediato, en la misma zona —el Golfo Pérsico— y entre los mismos protagonistas —EEUU, Iraq e Irán— ¿qué esperanzas tiene la opinión pública de saber con certeza lo que ahora pueda ocurrir? Predomine o no la diplomacia sobre los cañones, lo que a partir de ahora suceda en Irán y en el entorno del Golfo Pérsico, estará, como muestran los dos ejemplos citados, cubierto por el opaco velo que desfigura la verdad y la somete a los intereses de las potencias dominantes.


Alberto Piris
General de Artillería en la Reserva.
Estrella Digital. Opinión. 12-05-2007

12 mayo 2007

Indiferencia del universo

Fotografía de Eskil Olsen "Silence"
Texto de Mario Roberto Morales

El 28 de diciembre de 1999, la niebla sobre la bahía de San Francisco varó mi vuelo en el aeropuerto de Denver. Llevaba conmigo un librito de Martin Buber en el que leí que en una ocasión cierto rabino decidió ayunar una semana entera, pero unas horas antes de culminar su empresa lo asaltó una sed tan abrasadora que se dirigió al pozo para sacar agua y beber. Entonces se dio cuenta de que por no esperar unas cuantas horas iba a destruir el trabajo que ya había realizado, y decidió no sacar el agua. Inmediatamente después fue invadido por un sentimiento de orgullo por haber sido capaz de imponer su voluntad a las urgencias de su cuerpo, y entonces razonó que era mejor ir a beber el agua y fracasar, antes que dejar que su corazón cayera presa del orgullo. Regresó al pozo y, cuando se disponía a sacar el agua, se dio cuenta de que su sed había desaparecido.
Lo que me interesó rescatar de esta lectura es el hecho increíble (pero cierto) de que la plena conciencia de lo que es (sin convertirlo en lo que uno cree que debería ser) tiene un inmediato efecto tranquilizador si se registra sin agregarle valoraciones positivas o negativas. Es decir, si uno acepta lo que considera terrible: la neutralidad de lo real y de la verdad, así como el hecho de que es uno quien le agrega emociones a la indiferencia del universo. El registro conciente de nuestras reacciones, tanto en la dicha como en la adversidad, tiene también un efecto potenciador de la capacidad cognoscitiva de lo concreto, que se traduce en una gozosa lucidez serena cuyo placer uno se guarda para sí porque es sencillamente intransferible.

Solamente a quien rechaza lo que encuentra cuando busca la verdad puede atribularle la práctica de este registro conciente de lo que es (y no de lo que debería ser, según nosotros). A propósito, estos aforismos de Remy de Gourmont (traducidos por Luis Eduardo Rivera), vienen mucho al caso: "Lo que hay de terrible cuando se busca la verdad, es que se encuentra". Por eso Gourmont aconseja: "Subir por encima de sí mismo, para observarse". Y a propósito de los autoengaños dice: "La verdad está en los hechos y no en la razón. Las ciencias históricas sólo pueden llegar a comprobar la legitimidad de lo que fue, de lo que es, de lo que será". Y, finalmente, para quienes insisten en imponer su verdad a contrapelo de lo que sencillamente es: "Un imbécil no se aburre nunca: se contempla".

Mientras todo esto sucede, el universo nos ignora.


Mario Roberto Morales
La Insignia. Guatemala, mayo del 2007

05 mayo 2007

Dime quién es más bonito

Fotografía de Ben Goossens "It's a real nowhere man"
Texto de Mario Roberto Morales

Uno de los argumentos más socorridos de la crítica feminista es el que atribuye al macho la construcción del ser femenino como proyección de su deseo sexual por la mujer. En otras palabras, el macho, al idealizar a la mujer, construye una imagen de sujeto femenino que no es más que la proyección de lo que él quisiera que la mujer fuera. Y lo que él quisiera que la mujer fuera es un mero objeto sexual, bonito y a la disposición. Bajo este criterio se juzgan los boleros, la música romántica, buena parte de la poesía de todas las épocas, el cine e incluso la ciencia (como "versión masculina" de la objetividad analítica), y se los condena por machistas.
Generalizando este criterio construccionista, quizás se pueda decir que el investigador en ciencias humanas y sociales crea su objeto de estudio al delimitarlo y explicarlo en relación a lo que le interesa, y por eso mismo lo crea como objeto de deseo también. Es decir, lo crea como realidad deseable por él. En este sentido, un intelectual que estudia al llamado sujeto subalterno en su especificidad etnocultural, proyecta sus deseos en el sujeto que construye, atribuyéndole -al hacerlo su objeto de estudio- rasgos de identidad que él mismo quisiera tener y que al no poder tenerlos los proyecta en el otro, tal como, según ciertos feminismos, lo hace el macho con la mujer.

El otro, entonces, puede ser visto como una configuración especular y narcisista del este, quien al estudiarlo lo construye como objeto deseable, atribuyéndole aquello de lo cual él o ella carece. El otro es, pues, una expresión del deseo del este. Y la identidad otra no es sino la expresión de cierta identidad contraria (por deseada) del este: su imagen imaginada, narcisista, fantasiosa. En suma, el otro es este. Sólo que es un este que no existe sino como su propia negación idealizada. Y así, al construir la identidad ajena como proyección del deseo de la propia, lo que hace el este es afirmar su propia identidad tal y como existe, con todas sus carencias, reales o imaginarias.

La cosa se complica cuando el espejo, es decir el otro, se da cuenta de que quien se mira en él desea ver una imagen de sí mismo distinta de la que el espejo le regresa, porque entonces el espejo comienza a complacerlo y, por tanto, a ofrecerle una imagen otra, acorde con los deseos del este, quien de esta manera postula que el otro existe como diferenciado de él, como lo totalmente opuesto a él, y así realiza su fantasía de imaginar un objeto de deseo tras el cual él (o ella) pueda lanzarse en una empresa heroica de complementariedad que puede ser académica, política, ideológica o sentimental. Es el caso de tanto científico social que se casa con su objeto de estudio en África, Asia o América Latina, y se lo lleva como trofeo para su casa en el Midwest, junto que toda suerte de artesanías vistosas, confeccionadas por las exóticas manos de los buenos salvajes entre los cuales el científico de marras se precia de haber vivido.

El otro, visto como objeto de deseo construido narcisistamente por el este, es una perspectiva que tiene implicaciones fundamentales para el estudio del multiculturalismo en el tercer mundo, porque desde el momento en que el otro se deja construir alegremente como distinto y acepta dejarse ver y oír, haciendo y diciendo lo que los estes de Europa y Estados Unidos quieren ver y oír, el análisis de la otredad se nos plantea como el estudio de su propio simulacro; un simulacro realizado por un sujeto mimético que personifica una ficción para que la vivan los angustiados estes, quienes de esa manera afianzan su incierta identidad ante la contraparte que la niega y a la vez la posibilita. Parafraseando a la bruja de Blancanieves, podríamos preguntarle a nuestro espejo: Oh, espejito, espejito, dime quién es más bonito... ¿Lo seré yo… o mi reflejito?

Pittsburgh, 25 de octubre de 1996.



Mario Roberto Morales
La Insignia. Guatemala, mayo del 2007.

02 mayo 2007

Un vivo en crisis y un muerto-muerto

Imagen de GSteve "nº 9"

Está la política y están las payasadas. No existe frontera insalvable entre lo uno y lo otro, pero hay que reconocer que la política real, la que desemboca en decisiones que tienen efectos reales, limita la payasada al uso instrumental y sólo cuando considera que funciona. Luego hay mucha tela que cortar; por ejemplo, a qué porcentaje de payasos se accede con tal o cual payasada, o incluso qué cantidad aproximada de payasos se pueden crear, en tal o cual segmento, con esta o aquella payasada. Sin embargo, estaremos de acuerdo con la afirmación de que una cosa es la política, con o sin payasadas instrumentales, y otra la payasada pura, con o sin instrumentalización de la política.
Digo esto a cuento de la crisis de la izquierda y porque hoy es 1º de Mayo. Pero antes de seguir adelante, falta echar un vistazo a la invitada que se ha colado en la frase anterior, la palabra «crisis». Una palabra bastante decente; directa, evocadora, de significado inconfundible. Una palabra que implica existencia de vida, porque no puede haber crisis en ausencia de vida. Nadie diría de un muerto, salvo tal vez un periodista, que se encuentra en estado crítico. Si está en crisis, está vivo; si está muerto y aun así hay crisis, no será la del cadáver: será otra cosa. Y ahí te quería ver.

Soy de la opinión de que necesitamos no sólo una socialdemocracia fuerte sino también el espacio que ocuparon los antiguos partidos comunistas democráticos, los grandes partidos eurocomunistas. Pero que lo necesitemos no significa, obviamente, que lo vayamos a tener. «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo», dijo Arquímedes, que entendía de las cosas del movimiento y del viejo asunto de la correlación de fuerzas. En lo tocante a la socialdemocracia, no hay sorpresa en el melón de los partidos demócratas con los Bayrou y los Democratici della sinistra; es fruta de la que ya se tenía constancia en el laborismo inglés y el socialismo español. En lo tocante al muerto, esto es lo que es y no lo que algunos sueñan: marginalidad de la italiana Refundación Comunista, dos por ciento pelado del PCF y un resultado que para el PCE no sería mejor si los zorrocotrocos que viven del difunto confirmaran la brillante idea de separarse de Izquierda Unida por creer que se pueden presentar a elecciones y no directamente a un sepelio. «Algo habremos hecho mal», dice doña Rossanda. Algo. Qué sería de la taxidermia sin el sentido del humor.

La izquierda politica lleva tres décadas de retraso. Tres décadas en las que han pasado muchas cosas, incluido el enésimo salto de la globalización que siempre estuvo aquí, porque siempre ha estado aquí, como el aire. El resultado es una socialdemocracia que en el mejor de los casos juega a suavizar la caída y la destrucción prácticamente completa del espacio del deber ser, de los que sin negar los hechos ni condenarnos al infierno de los mitos regresivos, pretendían acelerar nuestra evolución. Y ya está, no hay más izquierda. Tenemos un vivo en crisis y un muerto-muerto.

Por suerte para todos, no hay mal que cien años dure. Que nuestros representantes no atinen o no se atrevan con las soluciones no quiere decir, en modo alguno, que no las haya o que no se conozcan. Las hay y se conocen. Pero de momento, dejemos una analogía en honor a la fiesta que celebramos: lo único que nos salva de desastres más graves es el sindicalismo. No es casualidad. Los sindicatos, allá donde hay sindicalismo libre y de clase, trabajan. Actúan. Dan respuestas más o menos atinadas a problemas concretos y a la propia generalidad de la economía. Ningún sindicato duraría dos días si ante el cierre de una fábrica o un despido improcedente reaccionara con discursos morales. Porque está la política y están las payasadas.




Jesús Gómez Gutiérrez
La Insignia. España, mayo del 2007

01 mayo 2007

1 de Mayo de 1937

Viñeta de Máximo. El País. EDICIÓN IMPRESA - 01 - 05 - 2007

"Desde un punto de vista teórico, yo no soy marxista, no lo he sido nunca, es muy posible que no lo sea jamás. Mi pensamiento no ha seguido la ruta que desciende de Hegel a Carlos Marx. Tal vez porque soy demasiado romántico, por el influjo, acaso de una educación demasiado idealista, me falta simpatía por la ideal central del marxismo, me resisto a creer que el factor económico, cuya enorme importancia no desconozco, sea el más esencial de la vida humana y el gran motor de la historia. Veo, sin embargo, con entera caridad, que el Socialismo, en cuanto supone una manera de convivencia humana, basada en el trabajo, en la igualdad de los medios concedidos a todos para realizarlo, y en la abolición de los privilegios de clase, es una etapa inexcusable en el camino de la justicia; veo claramente que es ésa la gran experiencia humana de nuestros días, a la que todos de algún modo debemos contribuir."


Antonio Machado
Rebelión

29 abril 2007

El dúo de la tos


Pintura: Edward Hopper "Hotel Room"

El gran hotel del Águila tiende su enorme sombra sobre las aguas dormidas de la dársena. Es un inmenso caserón cuadrado, sin gracia, de cinco pisos, falansterio del azar, hospicio de viajeros, cooperación anónima de la indiferencia, negocio por acciones, dirección por contrata que cambia a menudo, veinte criados que cada ocho días ya no son los mismos, docenas y docenas de huéspedes que no se conocen, que se miran sin verse, que siempre son otros y que cada cual toma por los de la víspera.
«Se está aquí más solo que en la calle, tan solo como en el desierto», piensa un bulto, un hombre envuelto en un amplio abrigo de verano, que chupa un cigarro apoyándose con ambos codos en el hierro frío de un balcón, en el tercer piso. En la obscuridad de la noche nublada, el fuego del tabaco brilla en aquella altura como un gusano de luz. A veces aquella chispa triste se mueve, se amortigua, desaparece, vuelve a brillar.
«Algún viajero que fuma», piensa otro bulto, dos balcones más a la derecha, en el mismo piso. Y un pecho débil, de mujer, respira como suspirando, con un vago consuelo por el indeciso placer de aquella inesperada compañía en la soledad y la tristeza.
«Si me sintiera muy mal, de repente; si diera una voz para no morirme sola, ese que fuma ahí me oiría», sigue pensando la mujer, que aprieta contra un busto delicado, quebradizo, un chal de invierno, tupido, bien oliente.
«Hay un balcón por medio; luego es en el cuarto número 36. A la puerta, en el pasillo, esta madrugada, cuando tuve que levantarme a llamar a la camarera, que no oía el timbre, estaban unas botas de hombre elegante».
De repente desapareció una claridad lejana, produciendo el efecto de un relámpago que se nota después que pasó.
«Se ha apagado el foco del Puntal», piensa con cierta pena el bulto del 36, que se siente así más solo en la noche. «Uno menos para velar; uno que se duerme.»
Los vapores de la dársena, las panzudas gabarras sujetas al muelle, al pie del hotel, parecen ahora sombras en la sombra. En la obscuridad el agua toma la palabra y brilla un poco, cual una aprensión óptica, como un dejo de la luz desaparecida, en la retina, fosforescencia que padece ilusión de los nervios. En aquellas tinieblas, más dolorosas por no ser completas, parece que la idea de luz, la imaginación recomponiendo las vagas formas, necesitan ayudar para que se vislumbre lo poco y muy confuso que se ve allá abajo. Las gabarras se mueven poco más que el minutero de un gran reloj; pero de tarde en tarde chocan, con tenue, triste, monótono rumor, acompañado del ruido de la mar que a lo lejos suena, como para imponer silencio, con voz de lechuza.
El pueblo, de comerciantes y bañistas, duerme; la casa duerme.
El bulto del 36 siente una angustia en la soledad del silencio y las sombras.
De pronto, como si fuera un formidable estallido, le hace temblar una tos seca, repetida tres veces como canto dulce de codorniz madrugadora, que suena a la derecha, dos balcones más allá. Mira el del 36, y percibe un bulto más negro que la obscuridad ambiente, del matiz de las gabarras de abajo. «Tos de enfermo, tos de mujer.» Y el del 36 se estremece, se acuerda de sí mismo; había olvidado que estaba haciendo una gran calaverada, una locura. ¡Aquel cigarro! Aquella triste contemplación de la noche al aire libre. ¡Fúnebre orgía! Estaba prohibido el cigarro, estaba prohibido abrir el balcón a tal hora, a pesar de que corría agosto y no corría ni un soplo de brisa. «¡Adentro, adentro!» ¡A la sepultura, a la cárcel horrible, al 36, a la cama, al nicho!»
Y el 36, sin pensar más en el 32, desapareció, cerró el balcón con triste rechino metálico, que hizo en el bulto de la derecha un efecto melancólico análogo al que produjera antes el bulto que fumaba la desaparición del foco eléctrico del Puntal.
«Sola del todo», pensó la mujer, que, aún tosiendo, seguía allí, mientras hubiera aquella compañía... compañía semejante a la que se hacen dos estrellas que nosotros vemos, desde aquí, juntas, gemelas, y que allá en lo infinito, ni se ven ni se entienden.
Después de algunos minutos, perdida la esperanza de que el 36 volviera al balcón, la mujer que tosía se retiró también; como un muerto que en forma de fuego fatuo respira la fragancia de la noche y se vuelve a la tierra.
Pasaron una, dos horas. De tarde en tarde hacia dentro, en las escaleras, en los pasillos, resonaban los pasos de un huésped trasnochador; por las rendijas de la puerta entraban en las lujosas celdas, horribles con su lujo uniforme y vulgar, rayos de luz que giraban y desaparecían.
Dos o tres relojes de la ciudad cantaron la hora; solemnes campanadas precedidas de la tropa ligera de los cuartos, menos lúgubres y significativos. También en la fonda hubo reloj que repitió el alerta.
Pasó media hora más. También lo dijeron los relojes.
«Enterado, enterado», pensó el 36, ya entre sábanas; y se figuraba que la hora, sonando con aquella solemnidad, era como la firma de los pagarés que iba presentando a la vida su acreedor, la muerte. Ya no entraban huéspedes. A poco, todo debía morir. Ya no había testigos; ya podía salir la fiera; ya estaría a solas con su presa.
En efecto; en el 36 empezó a resonar, como bajo la bóveda de una cripta, una tos rápida, enérgica, que llevaba en sí misma el quejido ronco de la protesta.
«Era el reloj de la muerte», pensaba la víctima, el número 36, un hombre de treinta años, familiarizado con la desesperación, solo en el mundo, sin más compañía que los recuerdos del hogar paterno, perdidos allá en lontananzas de desgracias y errores, y una sentencia de muerte pegada al pecho, como una factura de viaje a un bulto en un ferrocarril.
Iba por el mundo, de pueblo en pueblo, como bulto perdido, buscando aire sano para un pecho enfermo; de posada en posada, peregrino del sepulcro, cada albergue que el azar le ofrecía le presentaba aspecto de hospital. Su vida era tristísima y nadie le tenía lástima. Ni en los folletines de los periódicos encontraba compasión. Ya había pasado el romanticismo que había tenido alguna consideración con los tísicos. El mundo ya no se pagaba de sensiblerías, o iban éstas por otra parte. Contra quien sentía envidia y cierto rencor sordo el número 36 era contra el proletariado, que se llevaba toda la lástima del público. -El pobre jornalero, ¡el pobre jornalero! -repetía, y nadie se acuerda del pobre tísico, del pobre condenado a muerte del que no han de hablar los periódicos. La muerte del prójimo, en no siendo digna de la Agencia Fabra, ¡qué poco le importa al mundo!
Y tosía, tosía, en el silencio lúgubre de la fonda dormida, indiferente como el desierto. De pronto creyó oír como un eco lejano y tenue de su tos... Un eco... en tono menor. Era la del 32. En el 34 no había huésped aquella noche. Era un nicho vacío.
La del 32 tosía, en efecto; pero su tos era... ¿cómo se diría? Más poética, más dulce, más resignada. La tos del 36 protestaba; a veces rugía. La del 32 casi parecía un estribillo de una oración, un miserere, era una queja tímida, discreta, una tos que no quería despertar a nadie. El 36, en rigor, todavía no había aprendido a toser, como la mayor parte de los hombres sufren y mueren sin aprender a sufrir y a morir. El 32 tosía con arte; con ese arte del dolor antiguo, sufrido, sabio, que suele refugiarse en la mujer.
Llegó a notar el 36 que la tos del 32 le acompañaba como una hermana que vela; parecía toser para acompañarle.
Poco a poco, entre dormido y despierto, con un sueño un poco teñido de fiebre, el 36 fue transformando la tos del 32 en voz, en música, y le parecía entender lo que decía, como se entiende vagamente lo que la música dice.
La mujer del 32 tenía veinticinco años, era extranjera; había venido a España por hambre, en calidad de institutriz en una casa de la nobleza. La enfermedad la había hecho salir de aquel asilo; le habían dado bastante dinero para poder andar algún tiempo sola por el mundo, de fonda en fonda; pero la habían alejado de sus discípulas. Naturalmente. Se temía el contagio. No se quejaba. Pensó primero en volver a su patria. ¿Para qué? No la esperaba nadie; además, el clima de España era más benigno. Benigno, sin querer. A ella le parecía esto muy frío, el cielo azul muy triste, un desierto. Había subido hacia el Norte, que se parecía un poco más a su patria. No hacía más que eso, cambiar de pueblo y toser. Esperaba locamente encontrar alguna ciudad o aldea en que la gente amase a los desconocidos enfermos.
La tos del 36 le dio lástima y le inspiró simpatía. Conoció pronto que era trágica también. «Estamos cantando un dúo», pensó; y hasta sintió cierta alarma del pudor, como si aquello fuera indiscreto, una cita en la noche. Tosió porque no pudo menos; pero bien se esforzó por contener el primer golpe de tos.
La del 32 también se quedó medio dormida, y con algo de fiebre; casi deliraba también; también trasportó la tos del 36 al país de los ensueños, en que todos los ruidos tienen palabras. Su propia tos se le antojó menos dolorosa apoyándose en aquella varonil que la protegía contra las tinieblas, la soledad y el silencio. «Así se acompañarán las almas del purgatorio.» Por una asociación de ideas, natural en una institutriz, del purgatorio pasó al infierno, al del Dante, y vio a Paolo y Francesca abrazados en el aire, arrastrados por la bufera infernal.
La idea de la pareja, del amor, del dúo, surgió antes en el número 32 que en el 36.
La fiebre sugería en la institutriz cierto misticismo erótico; ¡erótico!, no es ésta la palabra. ¡Eros! El amor sano, pagano ¿qué tiene aquí que ver? Pero en fin, ello era amor, amor de matrimonio antiguo, pacífico, compañía en el dolor, en la soledad del mundo. De modo que lo que en efecto le quería decir la tos del 32 al 36 no estaba muy lejos de ser lo mismo que el 36, delirando, venía como a adivinar.
«¿Eres joven? Yo también. ¿Estás solo en el mundo? Yo también. ¿Te horroriza la muerte en la soledad? También a mí. ¡Si nos conociéramos! ¡Si nos amáramos! Yo podría ser tu amparo, tu consuelo. ¿No conoces en mi modo de toser que soy buena, delicada, discreta, casera, que haría de la vida precaria un nido de pluma blanda y suave para acercarnos juntos a la muerte, pensando en otra cosa, en el cariño? ¡Qué solo estás! ¡Qué sola estoy! ¡Cómo te cuidaría yo! ¡Cómo tú me protegerías! Somos dos piedras que caen al abismo, que chocan una vez al bajar y nada se dicen, ni se ven, ni se compadecen... ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué no hemos de levantarnos ahora, unir nuestro dolor, llorar juntos? Tal vez de la unión de dos llantos naciera una sonrisa. Mi alma lo pide; la tuya también. Y con todo, ya verás cómo ni te mueves ni me muevo.»
Y la enferma del 32 oía en la tos del 36 algo muy semejante a lo que el 36 deseaba y pensaba:
Sí, allá voy; a mí me toca; es natural. Soy un enfermo, pero soy un galán, un caballero; sé mi deber; allá voy. Verás qué delicioso es, entre lágrimas, con perspectiva de muerte, ese amor que tú sólo conoces por libros y conjeturas. Allá voy, allá voy... si me deja la tos... ¡esta tos!... ¡Ayúdame, ampárame, consuélame! Tu mano sobre mi pecho, tu voz en mi oído, tu mirada en mis ojos...»
Amaneció. En estos tiempos, ni siquiera los tísicos son consecuentes románticos. El número 36 despertó, olvidado del sueño, del dúo de la tos.
El número 32 acaso no lo olvidara; pero ¿qué iba a hacer? Era sentimental la pobre enferma, pero no era loca, no era necia. No pensó ni un momento en buscar realidad que correspondiera a la ilusión de una noche, al vago consuelo de aquella compañía de la tos nocturna. Ella, eso sí, se había ofrecido de buena fe; y aun despierta, a la luz del día, ratificaba su intención; hubiera consagrado el resto, miserable resto de su vida, a cuidar aquella tos de hombre... ¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¡Bah! Como tantos otros príncipes rusos del país de los ensueños. Procurar verle... ¿para qué?
Volvió la noche. La del 32 no oyó toser. Por varias tristes señales pudo convencerse de que en el 36 ya no dormía nadie. Estaba vacío como el 34.
En efecto; el enfermo del 36, sin recordar que el cambiar de postura sólo es cambiar de dolor, había huido de aquella fonda, en la cual había padecido tanto... como en las demás. A los pocos días dejaba también el pueblo. No paró hasta Panticosa, donde tuvo la última posada. No se sabe que jamás hubiera vuelto a acordarse de la tos del dúo.
La mujer vivió más: dos o tres años. Murió en un hospital, que prefirió a la fonda; murió entre Hermanas de la Caridad, que algo la consolaron en la hora terrible. La buena psicología nos hace conjeturar que alguna noche, en sus tristes insomnios, echó de menos el dúo de la tos; pero no sería en los últimos momentos, que son tan solemnes. O acaso sí.

Leopoldo Alas, "Clarín"

28 abril 2007

Sólo tenemos un instante para el miedo


El Hombre que aprendió a ladrar

Imagen: jealous of Marley I guess


Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: "La verdad es que ladro por no llorar". Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.

¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se entendian, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.

Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: "Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?". La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: "Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano."




Mario Benedetti
Del libro Despistes y franquezas.
La Página de los Cuentos

Recuerdos de un 14 de abril


Para conmemorar el 14 de abril, aniversario de la proclamación de la II República española (14 de abril de 1931) reproducimos este dramático texto de Antonio Machado, escrito en plena Guerra Civil, el 14 de abril de 1937.


Desde aquel día -no sé si vivido o soñado- hasta el día de hoy, en que vivimos demasiado despiertos y nada soñadores, han transcurrido seis años repletos de realidades que pudieran estar en la memoria de todos. Sobre esos seis años escribirán los historiadores del porvenir muchos miles de páginas, algunas de las cuales, acaso, merecerán leerse. Entre tanto, yo los resumiría con unas pocas palabras. Unos cuantos hombres honrados, que llegaban al poder sin haberlo deseado, acaso sin haberlo esperado siquiera, pero obedientes a la voluntad progresiva de la nación, tuvieron la insólita y genial ocurrencia de legislar atenidos a normas estrictamente morales, de gobernar en el sentido esencial de la historia, que es el del porvenir. Para estos hombres eran sagradas las más justas y legítimas aspiraciones del pueblo; contra ellas no se podía gobernar, porque el satisfacerlas era precisamente la más honda razón de ser de todo gobierno; y estos hombres, nada revolucionarios, llenos de respeto, mesura y tolerancia, ni atropellaron ningún derecho ni desertaron de ninguno de sus deberes. Tal fue, a grandes rasgos, la segunda gloriosa República Española, que terminó, a mi juicio, con la disolución de las Cortes Constituyentes [con la victoria de la derechista CEDA en las elecciones de 1933]. Destaquemos este claro nombre representativo: Manuel Azaña.
Vinieron después los días de laboriosa y pertinaz traición, dentro de casa. Aquellos hombres nobilísimos, republicanos y socialistas, habían interrumpido ingenuamente toda una tradición de picarismo, y la inercia social tendía a restaurarla. Fueron más de dos años tan pobres de heroísmo, en la vida burguesa, como ricos en anécdotas sombrías. Un político nefasto, un verdadero monstruo de vileza, mixto de Judas Iscariote y caballo de Troya, tomó a su cargo el vender –literalmente y a poco precio- a la República, al dar acogida en su vientre insondable a los peores enemigos del pueblo. A esto llamaban los hombres de aquellos días: ensanchar la base de la República. Destaquemos un nombre entre los viles que los represente a todos: Alejandro Lerroux.

Pero la traición fracasó dentro de casa, porque el pueblo despierto y vigilante, la había advertido. Y surgió la República actual, la más gloriosa de las tres –digámoslo hoy valientemente, porque dentro de veinte años lo dirán a coro los niños de las escuelas-; surgió la tercera República Española con el triunfo en las urnas del Frente Popular. Volvían los mismos hombres de 1931, obedientes al pueblo, cuya voluntad legítimamente representaban; y otra vez traían un mandato del pueblo, que no era precisamente la revolución social, pero sí el deber ineludible de no retroceder ante ningún esfuerzo, ante ningún sacrificio, si la reacción vencida intentaba nuevas y desesperadas traiciones. Y surgió la rebelión de los militares, la traición madura y definitiva que se había gestado durante años enteros. Fue uno de los hechos más cobardes que registra nuestra historia. Los militares rebeldes volvieron contra el pueblo todas las armas que el pueblo había puesto en sus manos para defender a la nación, como no tenían brazos voluntarios para empuñarlas, los compraron al hambre africana, pagaron con oro, que tampoco era suyo, todo un ejército de mercenarios, y como esto no era todavía bastante para triunfar ante un pueblo casi inerme, pero heroico y abnegado, abrieron nuestros puertos y nuestras fronteras a los anhelos imperialistas de dos grandes potencias europeas. ¿A qué seguir?… Vendieron a España. Pero la fortaleza de la tercera República sigue en pie. Hoy la defiende el pueblo contra los traidores de dentro y los invasores de fuera, porque la República, que empezó siendo una noble experiencia española, es hoy España misma. Y es el nombre de España, sin adjetivos, el que debemos destacar en este 14 de abril de 1937.


Antonio Machado
Sin Permiso

18 abril 2007

Cosas nuestras: El Refranero.


Imagen de Oscar Vall Gallen "Banyoles"

"Pasar una noche toledana".


Dícese de aquella persona que no ha podido dormir por preocupaciones o molestias.

Noche toledana aparece recogida en el Diccionario de la Real Academia Española desde la primera edición, de 1734, como: «La que se pasa sin dormir», acepción que ha permanecido invariable aun cuando resulta incompleta, ya que quien la utiliza lo que está indicando es que el motivo por el que no se duerme es algo malo, o al menos fastidioso.

El origen, incierto, podría estar fundamentado en la importancia ndudable que durante la Edad Media y los siglos XV, XVI y XVII tuvo la ciudad de Toledo como centro cultural, religioso y mercantil y que justificaría cualquier referencia a este núcleo urbano. Entre las explicaciones más repetidas se mencionan desde la matanza ordenada por el valí (gobernador) de Toledo en el siglo IX para acabar con un grupo de conspiradores hasta ciertas costumbres galantes propias de la noche de San Juan, aunque quizás la más realista sea la que lo atribuye a la mezcla explosiva de calor y mosquitos en las noches de verano de los sufridores toledanos y que, evidentemente, está reñida con el descanso.



Ref.: El porqué de los dichos, de José María Iribarren y Dichos y frases hechas, de José Calles y Belén Bermejo


Fundéu

El Viejo Topo. Treinta años después.

Título del libro:
EL VIEJO TOPO.
TREINTA AÑOS DESPUÉS

Antología facsímil a cargo de Jordi Mir
de textos publicados entre 1976 y 1982
Prólogo de Francisco Fernández Buey
Epílogo de Miguel Riera


Se han cumplido ya 30 años de la aparición de El Viejo Topo. La revista irrumpió en los quioscos en noviembre de 1976, tras casi dos años de peleas con el Ministerio de Información para conseguir el imprescindible permiso. Para sorpresa de todos, el éxito fue fulminante. Se alcanzó rápidamente una tirada (real) por encima de 30.000 ejemplares, con picos que alcanzaron los 50.000.
¿Las causas? Seguramente su contenido, tan radical como plural; la priorización del debate por encima del axioma dogmático; la apertura a los entonces nuevos movimientos (feminismo, ecologismo, liberación sexual, etc.); el tratamiento de la cultura y la contracultura; el respeto a la disidencia; un diseño entonces tan innovador que consiguió el premio Laus...
No fue, sin embargo, un camino de rosas: las visitas a los juzgados fueron frecuentes (por atentar a la seguridad interna del Estado, nada menos); los secuestros de ejemplares por la policía, el pan nuestro de cada día; alguna amenaza de bomba; y, para rematar la faena, el intento de captura de uno de sus co-directores por parte de un grupo paramilitar armado el día del tejerazo. Al final, sin embargo, todo quedó en agua de borrajas y la revista prosiguió su andadura.
Ahora, para celebrar esos treinta años, Jordi Mir ha efectuado una antología con algunos de los textos más interesantes de aquellos años, que se reproducen aquí en edición facsímil.
Son textos que dibujan, mejor que cualquier ensayo, cómo éramos y cuáles eran nuestros sueños en aquellos creativos y vibrantes años setenta. Y que también nos muestran el tamaño de la derrota.

15 abril 2007

El retorno a la barbarie en el siglo XXI

El retorno a la barbarie en el siglo XXI (premio Femina 2005) es un ensayo de denuncia y alerta que repasa los principales conflictos históricos del siglo XX y sus derivaciones no siempre previstas: conflictos con respecto a las tecnologías nucleares, epidemias, guerras bacteriológicas, terrorismo. Se trata de un libro de suma actualidad; pertinente, por los temas que profundiza, arriesgado, por las líneas explicativas que propone; agudo, por los elementos que ofrece para responder a la crucial pregunta acerca de cuáles son las ideas que nuestras sociedades deberían arriesgarse a defender.

13 abril 2007

07 abril 2007

Una vez soñé...


Imagen de Kathleen Fox "Transmutation du langage"
Un cuento de :


Collombet (10 años):

"Un esqueleto vino a decirme:..." (*) Un esqueleto vino a decirme: Voy a tomarte porque hace mucho tiempo que vives, pequeño. Voy a tomar una horca para llevarte con el diablo. Una vez que llegamos a la casa del diablo, no había demasiado lugar para mí. El diablo dijo: Ya que no hay demasiado lugar, te voy a devorar. En el vientre del diablo, vi que estaba lleno de niños. Pero el diablo dijo: Ya no puedo respirar. Me dijo: Sal de mi vientre, pequeño monstruo. Y ahora, vete a la tierra. El esqueleto volvió para decirme que era necesario que me
despertara. Mi sueño había terminado.

Duval (11 años):

"Una vez soñé..." Una vez soñé que estaba en mi cuarto. De repente, mis botas se deslizaron por el parquet, subieron a la
pared. Cuando llegaron a lo alto de la pared, les grité: Mándenme cartas postales. Y una vez que subieron, de
repente ví diablos rojos en la pared que tenían largas orejas. Se me tiraron encima, saltaron sobre mi cama. Uno solo se
sentó en el sillón. El sillón giró hacia la pared y la pared se tragó al diablo rojo, y a los otros el parquet. El último se trepó a la pared. Tomé una antorcha y se la arrojé. La tomó y se fue.


Lazare (11 años):

"Un día soñé que un perro..." Un día soñé que un perro había venido a buscarme para matar ratas. Tomé un zueco y pateé una rata hasta que murió. Entonces el perro tomó a la rata y la sepultó en la tierra y puso flores amarillas y rosas marchitas, y las regó, a pesar de su indigencia




Traducción: Juan Carlos Otaño.

(*) "Un squelette vint me dire..."/"Une fois j'ai rêvé que..."/"Un jour j'ai rêvé qu'un chien..." Sueños comunicados por J. Baucomont, publicados en «La Révolution Surréaliste», nº 3, París, 15 de abril de 1925 (pág.2).


Archivosurrealista.com

Charles Bukowski: No hay camino al paraiso

Imagen de Saturnino Espin "Hombre bien conservado (autorretrato 2006)"
Texto de Charles Bukowski. Se busca a una mujer.


Yo estaba sentado en un bar de Western Avenue. Era alrededor de medianoche y me encontraba en mi habitual estado de confusión. Quiero decir, bueno, ya sabes, nada funciona bien: las mujeres, el trabajo, el ocio el tiempo, los perros... Finalmente sólo puedes ir y sentarte atontado, totalmente noqueado, y esperar; como si estuvieses en una parada de autobús aguardando la muerte.
Bueno, pues estaba allí sentado y aquí entra una con el pelo largo y moreno, un bello cuerpo y tristes ojos marrones. No dí la vuelta para mirarla, seguí con mi vaso. La ignoré incluso cuando vino y se sentó a mi lado a pesar de que todos los demás asientos estaban acíos. De hecho, éramos las únicas personas que había en el bar sin contar al encargado. Pidió un vino seco. Entonces me preguntó lo que estaba bebiendo.

-Escocés con agua -contesté

-Y sírvale al señor un escocés con agua -le dijo al barman.

Bueno, eso no era muy normal.

Abrió su bolso, cogió una pequeña jaula, sacó de ella unos hombrecitos y los puso sobre la barra. Tenían alrededor de diez centímetros de altura, estaban apropiadamente vestidos y parecían tener vida. Eran cuatro: dos mujeres y dos hombres.

-Ahora los hacen así -dijo ella-. Son muy caros. Me costaron cerca de 2000 dólares cada uno cuando los compré. Ahora ya valen cerca de 2400. No conozco el proceso de fabricación pero probablemente sea ilegal.

Estaban paseando sobre la barra. De repente, uno de los hombrecitos abofeteó a una de las pequeñas mujeres.

-¡Tú, perra! -dijo-. No quiero saber nada más de ti.

-¡No, George, no puedes hacerme esto! -gritaba ella llorando-. ¡Yo te amo! ¡Me mataré! ¡Te necesito!

-No me importa -dijo el hombrecito, y sacó un minúsculo cigarrillo, encendiéndolo con gesto altivo—. Tengo derecho a hacer lo que se me dé la gana.

-Si tú no la quieres -dijo el otro hombrecito -yo me quedo con ella, yo la amo.

-Pero yo no te quiero a ti, Marty. Yo estoy enamorada de George.

-Pero él es un cabrón, Anna, un verdadero cabronazo.

-Lo sé, pero le amo de todos modos.

Entonces el pequeño cabrón se fue hacia la otra mujercita y la besó.

-Creo que se me está formando un triángulo -dijo la señorita que me había invitado al whisky–. Te los presentaré. Ese es Marty, y George, y Anna y Ruthie. George va de bajada, se lo hace bien. Marty es una especie de cabeza cuadrada.

-¿No es triste mirar todo esto? Eh... ¿Cómo te llamas?

-Dawn. Un nombre horrible, pero eso es lo que a veces les hacen las madres a sus hijos.

-Yo soy Hank. ¿Pero no es triste...?

-No, no es triste mirar todo esto. Yo no he tenido mucha suerte con mis propios amores, una suerte horrible, a decir verdad.

-Todos tenemos una suerte horrible.

-Supongo que sí. De todos modos, me compré estos hombrecitos y ahora me entretengo en mirarlos, es como no tener ninguno de los problemas, pero tenerlo todo presente. Lo malo es que me pongo terriblemente caliente cuando empiezan a hacer el amor. Es la parte más difícil para mí.

-¿Son sexys?

-¡Muy, muy sexys. Dios, me ponen de verdad caliente!

-¿Por qué no los pones a que lo hagan? Quiero decir, ahora mismo.

Podremos mirarlos juntos.

-Oh, no se pueden manejar, tienen que ponerse a hacerlo por su cuenta.

-¿Y lo hacen a menudo?

-Oh, son bastante buenos. Lo hacen cerca de cuatro o cinco veces por semana.

Mientras tanto, ellos paseaban por la barra.

-Escucha -decía Marty-, dame una oportunidad. Sólo dame una oportunidad, Anna...

-No -decía la pequeña Anna-, mi amor pertenece a George. No puede ser de otra manera.

George estaba besando a Ruthie, acariciando sus pechos. Ruthie estaba empezando a calentarse.

-Ruthie está empezando a calentarse -le dije a Dawn.

-Sí que lo está. Está empezando de verdad.

Yo también me estaba poniendo cachondo. Abracé a Dawn y la besé.

-Mira -dijo ella-, no me gusta que hagan el amor en público. Me los voy a llevar a casa y que lo hagan allí.

-Pero entonces no podré verlo.

-Bueno, sólo tienes que venir conmigo y podrás.

-De acuerdo -dije- vámonos.

Acabé mi bebida y salimos juntos. Ella llevaba a los hombrecitos metidos en la jaula. Subimos al coche y los pusimos entre nosotros en el asiento delantero. Miré a Dawn. Era realmente joven y bella. Parecía también inteligente. ¿Cómo podía haber fracasado con los hombres? Bueno, había tantos modos de fracasar unas relaciones... Los hombrecitos le habían costado 8000 dólares. Todo eso sólo para alejarse de las relaciones sexuales sin alejarse de ellas. Su casa estaba cerca de las colinas, un sitio agradable. Salimos del coche y fuimos hacia la puerta. Yo llevaba a la gentecilla en la jaula mientras Dawn abría la puerta.

-Estuve oyendo a Randy Newman la semana pasada en el Trobador. ¿Verdad que es grande? -me preguntó.

-Sí que lo es -contesté.

Entramos y Dawn abrió la jaula y los sacó y los puso sobre la mesita de café. Entonces se metió en la cocina y abrió el refrigerador y sacó una botella de vino. La trajo en compañía de dos copas.

-Perdona -dijo-pero pareces un poco chiflado. ¿En qué trabajas?

-Soy escritor.

-¿Y vas a escribir algo acerca de esto?

-Nunca se lo creerá nadie, pero lo escribiré.

-Mira -dijo Dawn -George le ha quitado las bragas a Ruthie. Le está metiendo el dedo. ¿Un poco de hielo?

-Sí, ya lo veo. No, no quiero hielo. El tío va bien derecho.

-No sé -dijo Dawn-, pero de verdad que me pone cachonda el mirarlos. Quizás es porque son tan pequeños. Realmente me calientan.

-Entiendo lo que quieres decir.

-Mira, George la está tumbando, se lo va a hacer.

-Sí, allá van.

-¡Míralos!

-¡Dios o la puta!

Abracé a Dawn. Coimenzamos a besarnos. Cuando parábamos, sus ojos pasaban de mirarme a mí a mirar a los hombrecitos fornicando, y luego volvía a mirarme de nuevo a los ojos. Yo seguía siempre su mirada.

El pequeño Marty y la pequeña Anna también estaban mirando.

-Mira -decía Marty-, ellos lo están haciendo. Nosotros deberíamos hacerlo también. Incluso las personas grandes van a hacerlo. ¡Míralos!

-¿Oíste eso? -le pregunté a Dawn-. Ellos dicen que vamos a hacerlo, ¿es verdad eso?

-Espero que sea verdad -dijo Dawn.

La tumbé sobre el sofá y le subí la falda por encima de los muslos. La besé a lo largo del cuello.

-Te amo -dije.

-¿De verdad? ¿De verdad?

-Sí, de alguna manera, sí...

-De acuerdo -dijo la pequeña Anna al pequeño Marty- podemos hacerlo nosotros también, pero que quede claro que yo no te quiero.

Se abrazaron en medio de la mesita de café. Yo le había quitado ya a Dawn las bragas. Dawn gemía. La pequeña Ruthie gemía. Marty se la metió por fin a la pequeña Anna. Estaba pasando en todas partes. Me pareció como si toda la gente del mundo estuviese haciéndolo. Entonces me olvidé de toda la otra gente del mundo. Nos fuimos al dormitorio y allí se la metí a Dawn en una larga y tranquila cabalgada...

Cuando ella salió del baño yo estaba leyendo una estúpida historia en el Playboy.

-Estuvo tan bien -dijo.

-Fue un placer -contesté.

Se volvió a meter en la cama conmigo. Dejé la revista.

-¿Crees que nos lo podemos hacer juntos? -me preguntó.

-¿Qué quieres decir?

-Quiero decir que si tú crees que podemos seguir así, juntos, durante algún tiempo.

-No sé. Las cosas ocurren. El principio siempre es lo más fácil.

Entonces escuchamos un grito proveniente de la salita. «Oh oh», dijo Dawn. Se levantó y salió corriendo de la habitación. Yo la seguí.

Cuando llegué, ella estaba sosteniendo a George en sus manos.

-¡Oh, Dios mío!

-Qué ha pasado?

-Anna se lo hizo.

-¿Qué le hizo?

-¡Le cortó las pelotas! ¡George es un eunuco!

-¡Uau!

-¡Tráeme algo de papel higiénico, rápido! ¡Se está desangrando!

-Ese hijo de puta -decía la pequeña Anna desde la mesita de café -si yo no puedo tener a George, nadie lo tendrá.

-¡Ahora las dos me pertenecéis! -dijo Marty.

-Ah no, tienes que elegir una de nosotras -dijo Anna.

-¿A cuál prefieres? -preguntó Ruthie.

-Yo os amo a las dos. dijo Marty.

-Ha parado de sangrar -dijo Dawn -se está quedando frío.

Envolvió a George en un pañuelo y lo puso sobre el mantel.

-Quiero decir -dijo Dawn -que si tú crees que lo nuestro no va a funcionar, no quiero seguir por más tiempo.

-Creo que te amo, Dawn -dije.

-Mira -dijo ella-. ¡Marty está abrazando a Ruthie!

-¿Crees que van a hacerlo?

-No sé. Parecen excitados.

Dawn cogió a Anna y la metió en la pequeña jaula.

-¡Dejadme salir! ¡Los mataré a los dos! ¡Dejadme salir! -gritaba.

George gimió desde el interior del pañuelo sobre el mantel. Marty le había quitado las bragas a Ruthie. Yo me atraje a Dawn. Era joven, bella e inteligente. Podía volver a estar enamorado. Era posible. Nos besamos. Me sumergí en sus grandes ojos marrones. Entonces me levanté y eché a correr. Sabía donde estaba. Una cucaracha y un águila hacían el amor. El tiempo era un bobo con un banjo. Seguía corriendo. Su larga cabellera me caía por la cara.

-¡Mataré a todo el mundo! -gritaba la pequeña Anna. Se agitaba sacudiendo su jaula de alambre a las tres de la madrugada.

La Insignia